Un viaje por Valparaíso

Patricia Acosta A.
Santiago, julio de 1995.

Sin duda, Alejandro Lavquén, ha sido un faro que vigila el mar; cerros que rodean envolviendo la ciudad; niños que corren tras las gaviotas en las caletas; embarcaciones que diariamente sienten el mar y el viento; casa afirmada como espada en los cerros; gaviota que recorre el cerro refrescándose en el mar; ascensor que escala los cerros; bar que acoge a los marinos junto a sus penas; mirador por el que pasean los enamorados; canción que sale de los labios de las mujeres que esperan el próximo barco; lluvia que limpia acariciando las calles y laderas de los cerros. Sin duda ha sido Valparaíso …

Solo de esta forma podemos explicarnos lo bien que ha captado y atrapado el alma de Valparaíso, este Puerto Inevitable.

Como es natural, la poesía provoca en cada uno algo diferente; inexplicable e inimaginable por otro. Es como la sensación de los colores o del amor. Este sentimiento depende de nuestra propia historia y metas, lo que da paso a nuestro propios sueños, insípidos e incoloros para otros.

Valparaíso es un sueño de Alejandro, un sueño que es realidad, que al parecer lo ahoga e impulsa a verter sobre el papel sus pesadillas y fantasías llenas de olor a mar, casas colgantes, desvanes, corroídos balcones, cerros cortados con bisturíes, pescadores que tejen olas, calles laberínticas, así como también hombres que nos enseñan la realidad de los sueños. Agradecemos este gesto, pues a través de él la magia del puerto y la poesía nos seduce convirtiéndonos en ágiles marineros recorriendo los rincones más recónditos del puerto y sus sentimientos.

En este libro, Valparaíso Poemario, nos muestra las diferentes facetas del hombre y el puerto. Los sentimientos como los amores que ha sufrido Valparaíso, Alejandro Lavquén los rescata fuertemente en sus propios amores. Noches de mar y ternura nos embrujan e incitan a seguir descubriendo los pasajes de estos escritos. Por ello, debemos ser cuidadosos ante el peligro que encierran estas páginas; el peligro de estos poemas que nos enredan en sueños con gran realidad, en amores que dan paso al odio, en alegrías llenas de tristezas, en días seguidos de noches, en cielo y tierra, en fin, en una dualidad interminable que nos envuelve impulsándonos a vivir intensamente cada una de las palabras que esconden tras de sí un significado que escapa a nuestra imaginación, incluso, muchas veces a nuestra comprensión.

Este viaje por Valparaíso es protagonizado por el vuelo del poeta acompañado por la libertad, esperanza, soledad, alegría, ternura y tristeza; también por personajes increíbles como Un cirujano misterioso que:

ha cortado el cerro
con su fantástico bisturí”.

Lo bello de la cotidianeidad también se nos muestra a través de estas páginas, ello nos soborna y nos obliga a acudir a la geografía poética y a visitar Valparaíso para encontrar en él la locura de ser un visitante mágico como lo es Alejandro Lavquén.

En sus poemas, Valparaíso, Puerto Inevitable y Valparaíso, la biografía del puerto es descrita en una encrucijada de palabras que en su conjunto llevan al lector a una experiencia de profunda imaginación y sentimiento. El mar nos moja con su aliento húmedo; el sol nos abriga con su cálido manto amarillo; los cerros nos impiden el paso invitándonos a escalarlos; las calles nos deslizan por la ciudad; los pescadores y sus mujeres nos cuentan sus más recónditos secretos; los ascensores nos llevan a las estrellas para así, desde el cielo observar al puerto sin nuestra presencia, pero con su poeta y el encanto vivo del:

Laberinto seductor.
Rompecabezas de madera,
cemento y alturas;
de túneles y escaleras
dispersas al ritmo
de gaviotas y ascensores.
Puerto americano
crecido a golpes
de temporales
y pobreza arcoíris.

Ciertamente, en Valparaíso Poemario encontramos vida, la fuerza del puerto inmortal ante el tiempo y los hombres. Valparaíso en la poesía de Alejandro Lavquén está vivo, nos cautiva e invita a compartirlo.

La postales de Lavquén

Juan Pablo del Río
Santiago, febrero de 1995

Alejandro Lavquén nos presenta sus Postales para no Olvidar como un marinero de tierra firme. Un argonauta urbano, solo, describiéndonos el paisaje inscrito en sus postales de viaje. Hombre atravesado por las imágenes. Pero éste no es un viajero contemplativo, más bien es el protagonista de su “Bitácora” que nos muestra las rutas de su periplo, como una especie de “pequeño Ulises”, así como todos nosotros en nuestra particular aventura por el ponto humano.

Descubrimos en su escritura a un romántico solapado (a la manera antigua) pero revitalizado en su fórmula estética. Se advierten influencias del gran Rubén Darío: “… iré raudo en mi sepulcro, lleno de acordanzas, inmerso en una noche de lluvia…”; “…El tigre asiático engorda con el sudor engrillado de los rebaños…” de los poemas “ Relatividad de lo eterno” y “ Cotidiano 1994”. No faltan desde luego, lo guiños a Neruda y Pablo de Rokha (poetas no alejados del todo en lo poético formal).

Alejandro Lavquén se autodefine a la manera de los combatientes ideológicos de antaño. Lleno de furia dialéctica y materialista. Aunque respetamos su fe política, creemos que en algunos poemas de corte “social” no existe la fuerza y la belleza de otros. Y pareciera ser que solo en textos como “Poesía y Compromiso” lograra el anhelado equilibrio entre lo ideológico y lo poético.

Encontramos mayor profundidad en sus poemas más alejados de la razón y lo meramente discursivo; como también en su poesía de temática más simple (entendiendo lo simple como lo menos pretencioso ) y cotidiana. Pareciera ser que mientras el poeta buscara lo totalizante y trascendente menos lograra encontrar estas dos virtudes tan codiciadas por los escritores.

Pese a que el oficio de poeta en estos días cae en una suerte de anacronismo, debido a las andanadas de escepticismo, dispersión y a la terrible descarga de sobre estímulos sensuales que el sistema nos entrega. El poeta se mantiene VIVO en medio del ruido, dando testimonio de verdad y misterio en su encuentro íntimo con el lector. Levantándose como un árbol o un animal en vías de extinción, ofreciendo resistencia a los embates de la realidad terrible, que intenta ahogarnos en el pantano de lo vulgar y aparente.

Todo marinero tiene un mar y un puerto donde arribar. Alejandro Lavquén nos invita a que abordemos su nave (su poesía ) mediante una carta postal  “La Misiva” o “Volando hacia el interior de Valparaíso” (tal vez el poema más logrado). Nos llama a encontrar en la pasión lúdica de un poema de amor, ese aire de esperanza que necesitamos para poder seguir viviendo.

Todo poema es testimonio de vida, pese al dolor y la tragedia que en ellos se pueda encontrar. Todo poeta es un luchador que resiste en la trinchera de su poesía. Hay ocasiones en que enceguecidos por nuestras razones, no logramos vislumbrar el “verdadero” carácter de nuestra impronta. O comprometidos por la fuerza de ciertas catedrales humanas, no podemos comprender la voz de la creación que nos habla en el interior de nuestro espíritu. Somos pasajeros en este mundo y el recuerdo de nuestras obras sólo puede interesar en la medida de que éstas estén cercanas a la VERDAD —¿Cuál verdad?— La verdad que todos los hombres conocen. Esa que jamás podrá ser extraviada de su esencia. La que en los “verdaderos poetas” llega a las zonas sensibles de su conciencia invisible. Y no estoy hablando en sentido figurado. Estamos vivos aún: grandes, pequeños, buenos, malos, megalómanos y autodestructivos poetas. Como marineros navegando en este barco fantasma. Sobre el mediodía terrible o en la tormenta de una noche de soledad.

Bienvenido Alejandro Lavquén, marinero de esta tierra. Has levantado el ancla sobre tus hombros. Contra “la nada quebrada de los apátridas”. Para así izar tu bandera y decir a ese hombre solo que camina frente a tu ventana, que el poema es una estrella más sobre el cielo negro. Apenas un destello en la superficie torva de este piélago.

Los ciclos de un poeta

Juan Nicolás Padrón
La Habana, Cuba
enero/ primer invierno del 2000

Una vocación irrenunciable al derecho de expresarse en versos con la reafirmación de sostener firme la inocencia, donde subyace la nostalgia —no como sentimiento decadente, sino como ingrediente previsor para la esperanza— va delineando una poesía reflejo de la bohemia y lugares malditos, alimentos espirituales para la construcción del poema, como otra forma de conocimiento que nunca será recogida en los más prolíferos ensayos. Ese viento de pesadumbres acumuladas que guarda el Sur sopla añadiendo un peso que al mismo tiempo desea volar. Ese reclamo persistente a la nitidez del nuevo, a la blancura de la leche, a la fuerza del nacimiento, tiene también el sabor del recuerdo. Los afluentes de tristezas navegan en un río de memorias. Es cuando la bohemia, con respiración de salitres y aguaceros, se presenta ante el tiempo azaroso de un poeta soñador que insiste en marcar otra edad insurrecta sumergida entre licores y bellezas, reclamando una vida desnuda más cercana al homo sapiens y más alejada de los invertebrados. La poesía así es sucesión de veranos y amaneceres vírgenes, de amistades y ambientes que se agolpan y se amotinan en la rebelión del recuerdo: recordar es volver a pasar por el corazón.

Inocencia y recuerdo: dos primeras claves para adentrarnos en la naturaleza de la poesía de Alejandro Lavquén. Por esta vía llegamos a las atmósferas suaves y cálidas que cohabitan en una rebeldía interior presidida por la humedad del erotismo. Si alguna expresión ha quebrado la suavidad del lenguaje, es para advertirnos que el poeta sigue fiel a una infancia sin contención, porque los niños siempre son desmesurados. De ahí que el paisaje del cielo siempre sea el primer testigo para el baúl de ternezas y desplantes que el poeta va desperdigando por estas páginas. Se trata de una lírica marcada por los derroteros del firmamento en complicidad con los misterios de la Madre Natura, a veces sin tiempo ni lugar concreto, puesto que alude a la eternidad y al infinito. El mar, siempre en la mirilla, y su sombra horizontal, es percibida en un contacto marino real con un olor a sal batido por rachas de imágenes que está presente hasta en los azuláceos contornos de las palabras. Las estrofas componen ciudades marinas desgarradas por el otro paisaje: el paisaje humano. Y el ser entra en el fresco, el semejante, que no el ajeno. Pero una confrontación con supuestos semejantes se reitera, con mucho énfasis para diferenciarse de “ellos”. De esta manera se modela una identidad minoritaria que se asfixia y se escapa de los “rebaños con celular”, de las presiones del mercado y del clan del poder.  Su identidad en conflicto con esa existencia elige una ideal contra lo aparentemente útil y perfecto. Entonces se funde la libertad como palabra suprema –aunque la melancolía le acompañe- al amor a la poesía para enmendar una historia a la Historia, hacia una madurez emancipadora: “todo tiempo futuro tiene que ser mejor”. Y cierta rabia contenida por las injusticias, innombrable pero sentida, se transforma por la magia especial de la poesía en una inconformidad y rebeldía que se dan la mano con las ventiscas del tiempo. El pasado se injerta en un presente que sueña y se acumulan todas las edades posibles; en ese tejido se desarrollan aspiraciones negadas y por venir que el porvenir espera.

Así el poeta llega a la madurez de su ejercicio de vivir en la poesía; para ello convive con sus muertos y hace de esta razón discurso cotidiano desde la rabia y la ira para un anhelo fecundante que irradia buena ventura. Las Parcas tensan el estambre en su juego irónico y doloroso, por lo que el verso es breve y seco para mostrar lo enigmático y la perplejidad de las circunstancias. Otras veces amor y muerte se enlazan entre continuidades y rupturas proponiendo un ordenamiento diferente de Vida que se resume en una abreviatura: el poema. La intimidad es desbordada en la creación, crea inconformidades y frustraciones que se rebelan contra la inconformidad totalizadora globalizada, y de esta forma se margina al desobediente, al soñador. Una incesante búsqueda en su interior indaga hacia un sentimiento más intenso pletórico de cólera y lo traduce a la poesía. Nuevos inviernos deambulan en la imaginación del poeta y la verdad desnuda es una pedantería peligrosa no admitidas en quien se vuelve más joven porque su compromiso se afianza en esa verdad. Como ha dicho Silvio Rodríguez: “Menos mal que existen/los que no tienen nada que perder”. Y cuando la respiración estelar comience a soplar en la inspiración del poeta, éste alcanza un espacio sideral donde nos espera la Poesía, justo en el instante de otro nacimiento.

"El hombre interior"

Isabel Gómez
Prólogo
Santiago, 1997

Todo acto poético es una acto en soledad, una experiencia en donde se ven implicadas emociones propias y colectivas hasta desprenderse en voces subjetivas y códigos lingüísticos donde podemos percibir mundos interiores, imágenes que se proyectan a través de la palabra. Alejandro Lavquén en “El Hombre Interior” maneja un discurso que siempre nos devuelve a la vida. Poesía cotidiana en la cual se entrelazan experiencias vividas o percibidas por el autor como propias: “Y en mis manos veo marchitarse/ una lápida con mi nombre…/ Suicida cae la tarde sobre mis versos sombríos.”.

Este hombre interior es un ser que se interroga sobre el mundo que lo rodea, no es un ser pasivo que observa cómo transcurren los hechos sin involucrarse e impregnarse de esta realidad: “Vi tras las rocas la sangre de la tierra/ ofreciéndonos su cáliz./ Endilgué por la ruta del asombro./ Pude ver las calles invisibles de las ciudades/ llenas de luz.”. Aquí la ciudad se nos presenta como un elemento por medio del cual nos involucramos con este hombre interior transformándonos en espectadores de como esta voz urbana se acerca y se aleja de la ciudad, cuestionando de esta forma su relación con el entorno : “Será esta ciudad mi futuro/ sus calles aprendidas casi por inercia/ porque no existían otras calles.”

“La poesía me obligó a vivir”, y obliga al poeta a no perder su capacidad de asombro, así como también su lucidez creativa con la cual trata los tópicos que se han hecho recurrentes en su discurso poético, como lo son : el amor, la soledad, el desamor ; la muerte, que es, quizás, donde alcanza su mayor expresión poética: “Tengo la posibilidad de morir con bellas/ lágrimas en mis ojos”. Y quién sabe si es entre los ardorosos candiles de la noche en donde se perfila la savia de lo indescriptible que da rienda suelta a las más inesperadas expresiones de nuestra vida.

Alejandro Lavquén, el hombre que escucha a la muerte

Nano Acevedo
Prólogo
Lomas de Macul, Agosto de 1994.

Este hombre es un caminante, suele juntar en sus bolsillos cerros de migas para las palomas. Acostumbra a escribir en las murallas toda clase de libertades. Canta con la voz propia del mismísimo pueblo que suele aguardar en los mercados al nuevo Mesías. Alejandro Lavquén es un poeta sufriente y romántico, un terco andador de plazas, un amante taciturno que huye a las cinco de la madrugada por calles de hielo.

En “Atardeceres y Alboradas” nos pone a boca de jarro con sensaciones encontradas: una es su pasión militante que le ocasiona más de un tono discordante cuando abandona el poema y se sumerge en la arenga. Luego, susurra y duele, avanza en puntillas y propone d nombre de una antigua amada, lentamente como si resbalase, nos deja en el camino señales de su amor. Enreda en sus versos, mares y utopías. Su poema “Verano” es a mi entender uno de los más logrados. Concurren a este escrito, cierta dosis de nostalgia unida a un lenguaje de veras poético, que finaliza con un no menos emotivo colofón.

Por las trenzas de la lejanía,
lentamente escalan las
estrellas.
Más allá de las colinas,
escucho a la muerte
embriagarse en el pozo
del ocaso.

En la alfarería del poema le espera a este bisoño oficiante un mar de enseñanzas. Deberá labrar cada pieza, minucioso, cual si fuese única. Hurgar en el corazón de las palabras; pesar, oler, saborear el líquido de acero de las sílabas. No caer en la tentación del lugar común, del discurso flamígero, ni de la prosa de almíbar. La poesía debe asumirse como un noviazgo donde se debe alimentar a diario el amor y las razones.

De lo que estamos cierto es que, nuestro Alejandro Lavquén no ha de transar su difícil vocación de “descubridor maravillado”, en este paisito venido a menos, que suele sepultar en vida a sus mejores creadores.

"El hombre interior" de Alejandro Lavquén

Edmundo Herrera
Presentación del libro El hombre interior
Santiago, 1997.

Alejandro Lavquén, un poeta que busca códigos para proyectar su humana experiencia. La poesía nos ayuda a vivir porque su palabra camina con paso seguro. El primer texto se inicia con fuegos invisibles: “La poesía vino a mí encuentro./ Trajo hasta mis sentimientos sonámbulos/ la esencia secreta del lenguaje”. Hay sinceridad, emoción interior. “Mientras quede memoria, habrá esperanza”, nos había dicho en su libro la “Libertad de Pérez”.

Tiene lucidez cuándo nos ofrece su vino agridulce; asombro que cada día le aparece sostenidamente. Se va llenando su vida de las cosas y de los gestos humanos. Su poesía nos puebla con su ternura, la que dedica. Sus espigas al viento nos conmueven. La poesía amorosa, en este libro, lo atrapa. El escritor y músico Nano Acevedo, cuando presentó “Atardeceres y Alboradas”, dijo: “Alejandro es un poeta sufriente y romántico, un terco andador de plazas, un amante taciturno que huye a las cinco de la mañana por calles de hielo”… “El hombre que escucha a la muerte”. “Nos pone a boca de jarro con sensaciones encontradas”.

 “El Hombre Interior”, que hoy presentamos, trae un aire cálido que sobrevive y se eterniza, porque canta con pasión: “bebiendo el licor/ de un golpe de eternidad”. Alejandro canta al amor, esa semilla que repica en la sangre, ese mar que se agita en los huesos, ese aire que no cesa de ser golondrina y trigal. Ahora conoce el idioma de los árboles, va por las ciudades, por el verano. El otoño con sus organilleros le susurran en el oído. Le canta a la mujer, la que será su futuro, la que vendrá a iluminar su puerta abandonada. Este poeta que acostumbra escribir en las murallas sus gritos de libertad, es el mismo pueblo, el ciudadano civil que sueña aún.

Un libro, sumado a otros, va formando el caudal de un río que es necesario no dejar pasar sin ver qué traen estas aguas que bajan sin cesar. Muchos sabemos de su existencia, muchos queremos y apreciamos su obra. Un poeta que nos entrega en cada obra parte de su humana alegría. Los dolores le acuden cuándo va entre las multitudes: “A lo lejos escucho pasos, se detienen/ y luego se marchan/ como cada amanecer/ se duermen las estrellas”. Alejandro es un trabajador de la cultura las 27 horas del día. Aunque se oscurezcan los barrios, él, a lo ancho del camino, está alerta, vive en poesía; se moja con este rocío porque la poesía, lentamente, moja hasta llegar a la médula. Así lo sentimos en su nuevo libro. En este texto, de repente aparece ese intenso compromiso político, como señalara un crítico sobre “Atardeceres y Alboradas”: “Intenso compromiso político recorre los versos de Lavquén…, que alcanza en algunos poemas considerable altura y densidad… Bordeando la obviedad del manifiesto, muchos poemas se internan en el sentimiento amoroso, marcado de melancolía, donde no faltan buenos y hermosos versos”.

Alejandro hace su trabajo, su oficio, con altura y dignidad. Clara, transparente, íntima, profunda. Densidad, sentimientos, lírica, comprometidos con la dinámica social, se expresan naturalmente. No hay misterio en su poesía, clara como el agua. Antonio Salgado, expresa de este poeta: “optimismo esencial”.

Sin duda que tendrá que seguir trabajando y reflexionando sobre su oficio para abrir nuevas perspectivas a su trabajo, un trabajo que merece atención, porque llega a muchas personas este compromiso social del creador. La sangre de este poeta está pegada a la noche, cuyo manantial crece cada día. Recrea el amor y la protesta; tiene su historia de amor, la levadura azul de sus sueños. Su experiencia se enriquece, y en esta búsqueda encuentra cartas marcadas con las cuales establece su código en la escritura.

Esta noche llega a la SECh, su casa, la casa de los escritores, la casa de los escritores jóvenes para que vengan a establecer su república y nos cuenten y cuenten su historia. Esta casa es para abrir el universo de los sueños que deben poblar nuestro país. Alejandro es un poeta que va soltando sus amarras para escribir sus propias y vitales experiencias. Su nuevo libro se hace pleno a medida que avanza en su historia. Un poeta que entiende su tarea; que la poesía no es filosofía.

Al recibir a Alejandro y su nueva obra, queremos expresarle un océano de afectos. Él es un militante más de los sueños y esperanzas que todos tenemos. Esperamos, en las labores que se vienen por delante, que se ponga el mameluco azul y venga al trabajo cotidiano, porque de pronto es un poco brújula loca y se nos desaparece. Su poesía navega entre la vigilia y el vértigo… Un abrazo fraternal, antes del encuentro con las estrellas que nos esperan en Estambul.

Lavquén y sus "Postales para no olvidar"

Edmundo Herrera
Santiago, 1998

Alejandro Lavquén, un poeta en la trinchera de la magia que necesitamos. Una poesía que trae el ritmo de la vida, donde los asuntos cotidianos pueblan su mundo. Levanta su voz urbana atravesado por las imágenes que sus postales —gota a gota— nos entregan.

Se arma de la “ardiente paciencia” de Rimbaud para afirmar con justa esperanza que la poesía se levanta y canta, aunque el cantor se quede solo y le cierren todas las puertas. Afirma sus pasos en el diario vivir, por lo tanto, la poesía es legítima, poesía que camina junto a todos los elementos que conforman la vida del hombre y las mujeres. Aquí está su canto que nos ayuda a vivir; aquí están sus “Postales para no Olvidar”. Porque el poeta es el que regresa del molino; es un viajero permanente. Su bitácora se llena de aventuras y hechos, su escritura se revitaliza cada día: “Los hombres empañan los vidrios/ de los autobuses…”. Canta a la vida, está en la trinchera amando al hombre y a la mujer. Critica la artillería de unos pocos contra muchos; lanza su grito contra las sierras eléctricas que extirpan el verde de la Tierra; reclama contra la codicia: “Los ríos se asfixian en América,/ al igual que una canción/ en la voz de un tuberculoso”.

Alejandro es un combatiente de la poesía, un romántico necesario, y como dice Juan Pablo del Río: “Da testimonio de verdad, se mantiene vivo”. Alejandro vive con su pasión a flor de piel, es un poeta sincero de esencia íntima. Comprometido socialmente. Nos gusta como canta: “Una hoguera huérfana/ en la noche, anuncia/ algo profundo/ reverdeciendo en mi frente”; “Otros caminos nos alejan/ en la marcha/ hacia el misterio infinito”. Llena su copa, nos ofrece el vino de múltiples fuegos, y aunque la riqueza no le acompañe “…juega a los naipes/ con el príncipe de los gitanos”.

Hermoso libro nos entrega Alejandro. Uno se interna en subterráneos y escaleras; sube y baja por Valparaíso, se llena de luces y cielos, de árboles, sueños y jugarretas. Libro con olor a poesía, con cuerpo de poesía, que toca la piel y la sangre. Hay una pasión de elementos que atrapa: enigmas remotos; manantiales; “pechos vegetales”; “En el lecho del amor, silba/ una mujer que estremeció/ todos los pudores…”. Hay vida en estos textos que conmueven: “Abandonamos ciertos lugares,/ tarde o temprano./ Antes de que ellos nos abandonen/ debemos partir…/ El equipaje es simple, jamás/ nos estorba:/ Un poco de rutina en los zapatos./ Ciertos sentimientos encontrados/ y la duda de volver…,/ hasta transformarse en un puente/ por el cual ya no podemos/ regresar”, nos dice el poeta.

Alejandro es un poeta que avanza hacia un destino claro en la poesía: “En nuestro corazón va floreciendo/ el laurel y la injusticia se marchita”, expresa en su canto. Se ve entero, florece cada día, levanta su corona roja de ternura y la esperanza es su bandera.

Lavquén revive la mitología griega

Antonio J. Salgado
Publicado en revista Punto Final/ diciembre 2012

    No son frecuentes entre nosotros los libros sobre temas de la antigüedad greco-latina que tengan características de excelencia. Esto ocurre con Epopeyas y leyendas de la mitología griega, de Alejandro Lavquén (Ediciones Entrepáginas). El profesor Antonio Arbea, especialista en el tema y académico de la Universidad Católica, lo saluda con entusiasmo: “Mérito central de este libro es el hecho de que ha sido elaborado directamente a partir de las fuentes griegas fundamentales, haciendo de ellas una relectura que fue espigando aquí y allá la información y finalmente aparece ordenada y clasificada en estas páginas”. Califica al libro como “una importante contribución a los estudios clásicos”. Las fuentes primarias son decididamente sólidas: Argonáuticas, de Apolonio de Rodas, Biblioteca, de Apolodoro, Teogonía, Los trabajos y los días y Escudo, de Hesíodo, de Homero La Ilíada y La Odisea, de Ovidio La Metamorfosis y La Eneida de Virgilio.

    El libro —de buena presentación—, está dividido en cuatro partes: la primera es “Los dioses”, la segunda “Seres fabulosos”, la tercera parte “Leyendas” y la cuarta, agrupa hechos colectivos fundamentales dentro de la mitología: la Centauromaquia, los Argonautas, el Jabalí de Calidón, los Siete contra Tebas y la Guerra de Troya.

    En la cultura occidental es incuestionable la importancia de la matriz greco-latina. Inicialmente micénica y dórica se extendió a Roma, y de allí a lo que constituyó el imperio bizantino y el imperio romano propiamente tal. Con el Renacimiento hubo un despertar de las humanidades y del pensamiento y el arte grecolatinos. Los dioses y los mitos llegaron posiblemente de Sumer, Asia Menor, Egipto y tal vez de la India. A los largo de los siglos sufrieron modificaciones y se adaptaron a los cambios que experimentaba la sociedad griega y sus ciudades-estados. Zeus, el padre de los dioses, presidía el Olimpo y tenía autoridad sobre ellos. Los dioses omnipotentes eran, además, inmortales. Se relacionaban y hasta tenían amores y odios con los seres humanos y tomaban partido en guerras y aventuras.

    Sus virtudes y vicios eran como los de los hombres y no eran especialmente compasivos con los pobres. Varios de ellos pasaron a ser arquetipos de personajes y situaciones. Las fuentes clásicas nutrieron durante siglos la cultura occidental. Hasta hoy, las humanidades grecolatinas son la base de la educación en las universidades fundadas en la Edad Media. El propio Marx hizo su tesis doctoral sobre Epicuro y Engels conocía las lenguas clásicas y la filosofía grecolatina.

    Escrito con soltura, el libro se puede disfrutar casi como una obra de ficción y por momentos resulta apasionante. La opinión del profesor Arbea es categórica: “…es un libro inteligente que transita con originalidad y buen tino por el abigarrado mundo de la mitología griega”.

    Lavquén..., arde

    Por Nano Acevedo
    Santiago, 1998

    Alejandro Lavquén es un aguerrido combatiente de la palabra. Se parapeta, escudriña y al menor descuido despide el fuego graneado de su batería poética.

    El trovador sueña, se llena de melancolía, arde en furias, rezonga y ataca, de pronto se detiene… llueve; hemos dicho que escapa en los inviernos desde los áticos, patrulla las calles con obsesiva gana. Es un gladiador que sale a matar y no importa que en el duelo se pliegue de adjetivos. Huidobro decía que los muchos, matan.

    Áspero a ratos, empecinado, pretende cambiar el mundo, ¡Vaya tarea! ¿Cómo esperar libertades ganadas por el hombre, si este aún no obtiene su propia libertad interior? Votos, mas no voluntades. Intenciones, mas no acciones. Discursos, pero no cambios desde el fondo del ser humano. El individuo —local y material— está demasiado ocupado en su “estrépito y cenizas”, la fama, el poder, la gloria deslavada a la que apunta Borges.

    Lavquén, fruto de nuestros días, arrastra a cuestas toda la rebeldía acumulada y la vuelca en el molde poético. Cree que cambiaremos el mundo y resulta válido esperarlo así.

    Pero, ante todo, el poeta es remecido por el oleaje de los días, y en su espuma es crucificado por los ojos de esas mujeres: “Mis sueños, van de la mano/ con un volver a encontrar”. Son los fantasmas tercos que no ceden y regresan, que aproximan olores y siluetas, mas ¿dónde volver a encontrar el asombro que, en algún día, prendió el sur a nuestra memoria en el vaho de la lluvia? Así es la poesía: lanza, pluma, pájaro, espejismo, comunión, pedrada. O tal vez la vasija donde depositamos cantando la impotencia. Acaso un acto de amor, alto en la noche de los tiempos. El hombre siempre se ha de doler, las ausencias le arrancarán el corazón, los abandonos marcarán en su memoria, como en el vientre de un árbol, las iniciales gastadas.

    Nostálgico como el Hotel de Presley, pasa sigiloso y se pierde en la multitud con su eterna camisa trashumante. En todas las esquinas habrá una amada que espera su verso trepidante.

    Alejandro Lavquén edifica con golpe de martillo las sangres de su prosa. Todas las batallas le pertenecen y nada lo hará cambiar de parecer si de alzar la voz —siguiendo el catecismo rokhiano— se trata. Es un poeta de todos los días que va recogiendo por las calles el encargo de un pueblo que le reclama y él acude.

    "Alegrías llenas de tristezas"

    Isabel Gómez
    Prólogo
    Santiago, 1997

    Jorge Teillier nos decía que la poesía es la universalidad que fundamentalmente se obtiene por la imagen. “Alegrías llenas de Tristezas” desprende del memorial colectivo experiencias de vida reveladoras de la más íntima manifestación del hombre ante sucesos inesperados.

    Morir y desaparecer, fue lo cotidiano”. El poeta se desprende en múltiples voces, hasta disgregarse sobre hilos sociales que nos envuelven en interrogantes aún presentes en el inmemorable esqueleto sudamericano sobre el cual vivimos.

    Las páginas de estas Alegrías disfrazadas de dolor, o de este dolor disfrazado de alegría evidencian la diafanidad de las melodías de antaño a la espera de sobrevivir en las recrudecidas calles de hoy. “Evoco tantos detalles,/ que el paisaje se diluye/ en el estremecimiento de los recuerdos.”, porque como dijo Eluard: “Toda caricia, toda confianza sobrevivirá”.