SEMIDIOSES Y MORTALES

Por Gregorio Cádiz

Muchísimos son los estilos y rigores de la poesía, tantos como poetas, porque se trata, en última instancia, de maneras de hablar, de tonalidades, de temas, de intensidad y fulgor. Uno puede imaginar, al margen de retóricas, grandes vertientes caudalosas: la poesía cercana a la intimidad, recogida, discreta, casi para ser susurrada, y la otra, la poesía de la calle, hablada en voz alta, cercana a veces a la épica, con acentuado tinte social, aunque no siempre de compromiso y lucha. De esta segunda vertiente son los poemas de Alejandro Lavquén en el libro “Sacros iconoclastas”, editado pulcramente por Ediciones Mosquito.

El título intriga. ¿Sacros?, es decir sagrados, ¿Icococlastas?, destructores de imágenes, luchadores contra los ídolos. Las palabras parecen antagónicas, pero no lo son. Son los respetuosos de lo sagrado –como expresión de lo esencial del hombre- que al mismo tiempo deben ser destructores de las imágenes y los ídolos perversos, instalados en la pugna entre el bien y el mal, la justicia y la explotación.

Son treinta poemas breves y uno extenso escrito en prosa –Satángel-, dos partes, por así decirlo, que tienen más contactos de los que aparecen en la superficie. Lavquén, con sensibilidad e inteligencia asume el mestizaje cultural en que vivimos, mezcla de realidades del Primer Mundo con las tragedias y miserias del mundo pobre y humillado en que se cruzan tradiciones culturales de profunda raigambre. “Extraños parajes,/ ciudades híbridas,/ se reiteran llamándome”, dice el poeta. El mito griego transita por la vida cotidiana y el arquetipo aclara o aporta misterio. En un pacto de amor, dos ancianos se suicidan abrumados por la pobreza: “Dos balas/ y el derecho/ de sus sombras al país de los Hiperbóreos/ donde Admeto y Alcestes los esperan/ con la mesa servida”. Aillavilú esquina de Bandera se traslapa con la Atenas de Sócrates o un recodo de Tebas, dioses y semidioses se mueven entre cielo y tierra. El mítico bar 777 se convierte en Monte Sietino y el funeral de un luchador popular es una metáfora en que Prometeo recibe “de aquel viajero/ el fuego que se multiplicó/ en la periferia de las ciudades”, mientras ante la marcha del cortejo: “avergonzados, algunos/ apóstatas,/ lloran la consecuencia ajena”.

El efecto es notable, también por el cruce de tiempos y sentidos. “El legendario rey Minos golpea su orgullo/ contra lo imposible/ los rebeldes escriben su utopía/ en las alas del poder/ Ícaro sacrifica su juventud./ Dédalo vuela hacia la libertad”, es un buen ejemplo y también estos versos: “África arde como un diamante./ Los hijos de Memnón/ caen famélicos en la gigantesca/ fosa común./ Un continente estalla frente a las pulidas ventanas/ de la Atlántida”. En los versos está la lucha revolucionaria. La rebeldía no ahoga la lucidez: “Se nos ha vuelto costumbre/ recoger nuestros muertos/ desde el campo de batalla/ mientras sus sombras/ claman digna sepultura”.

Mientras los poemas anteriores discurren entre coordenadas reconocibles, con claridad y relativo orden, Satángel –el último poema, en prosa- es una cala en un mundo caótico, donde impera el sin sentido de la crueldad y la explotación. El protagonista –mezcla de poderes angélicos y sustancia humana- vigila, observa y participa. Sufre con el dolor de los otros y los tormentos propios, sin dejar, por eso, de amar y sostener una obstinada esperanza. De la mano de dos amigos recorre Valparaíso y sus círculos infernales, los espacios de luz, las plazas, las escaleras y los oleajes. El lenguaje se hace estrecho para contener el caos. Héroes como Lautaro, Espartaco, Túpac Amaru y Quilapán se codean con los dioses griegos y también con Gloria Trevi y la Virgen María. La prosa se hace retorcida con cierta influencia rokhiana, pero sin perder su propia propuesta: “Cuatro veinte y madrugada, cuatro veinte y madrugada. La hora en que se duermen los empresarios sin recordar los ríos de sangre espesándose en los ojos estrangulados de los sembradores de plusvalía, destrozados en sus músculos y esperanza”. O en estas otras palabras: “la baba del capitalista masacrando y el sarcófago de la gran revolución entumecido, aullaban cada uno por su lado”. Y en estas líneas: “Nada sobrevive sin el combate de quienes liberan la virginidad de los astros en la geometría de la conquista, para luego chorrear magistrales teoremas en la piel de los asteroides”. Satángel no tiene el diabolismo de Maldoror. Es un testigo-actor comprometido con el bien y la justicia, enfrentado a un mundo corroído, monstruoso y decrépito, que lo desgarra con su ignominia y lo lleva a lanzarse –con fría determinación- contra la “eternidad de los siglos”.

CANTO AL ÁNGEL CAÍDO

Por David Bustos

Me atrevo a afirmar que Sacros Iconoclastas, del poeta Alejandro Lavquén (1959), es lo mejor que nos ha ofrecido desde su primera publicación (Canto de una Década, 1981). Esto también quizás ayude a confirmar la premisa del poeta argentino Leónidas Lamhorghini, que dice que antes de escribir hay que publicar.

La literatura tiene distintos grados de urgencia, la poesía escrita con premura no siempre arroja buenos resultados, subrayo lo de «no siempre arroja buenos re­sultados porque hay casos singulares y excepcionales, sin ir más lejos el de Manuel Silva Acevedo, autor del poemario Lobos y ovejas (1976) que fue escrito (según el poeta) de una sola sentada y que es quizás el libro más emblemático de su conocida trayectoria. La idea de la urgencia, entonces, ha perdido relación con la calidad del o los textos. Siempre hay excepciones a la regla, basta con recordar que J. Joyce para escribir Ulises tardó 15 años.

Digo todo esto, pensando que Sacros Iconoclastas (Mosquito ediciones, 2004) de Lavquén es, a mi parecer, el primero de sus libros, considerando que los textos anteriores (Atardeceres y Alboradas, La libertad de Pérez, El hombre Interior, etc.) tienen más bien aires de poesía ocasional y por lo tanto de escasa pro­fundidad y repercusión.

Sacros Iconoclastas, a diferencia de los intentos poéticos anteriores, no se estanca en ese lirismo frugal y advenedizo, ahora éste se ha tensado, dando un paso adelante en su pro­fundidad y sensibilidad para proponernos un texto poético que tiene varios grados de lecturas. El poema XVI, quizás sea un buen ejemplo de cómo el sujeto lírico esculpe mate­riales aparentemente disímiles (mitología griega, poesía so­cial o crónica roja) condensándolo de esta manera: “De la mano ensangrentados/ los ancianos sobre el lecho. / Dos tazas de té aún humeantes./ Cuentas de agua y luz/ ahoga­das en el piso./ Las enfermedades dolor/ de la pobreza y Esculapio/ prisionero de los mercaderes/./ Un pacto de amor. Dos balas y el derecho/ de sus sombras al país de los Hiperbóreos, / donde Admeto y Alcestis los esperan/ con la mesa servida”. El autor ocupa el caso de Juan Beltrán y Blanca Jiménez (según explicación a modo de epígrafe del autor) ambos esposos, ya ancianos, que se suicidaron abrumados por su pobreza. Por otro lado, Admeto y Alcestis serían las figuras arquetípicas que ocupa el sujeto para unir estos dos estratos (mitología griega y crónica roja). Admeto es rey de Tesalia y uno de los argonautas, que fue informado por Apolo que lograría la inmortalidad si encontraba a al­guien que se ofreciera a morir en lugar de él. Alcestis amante esposa de Admeto ofreció su vida por él y descendió al Averno siendo rescatada por Hércules.

Sacros Iconoclastas va tomando elementos o hilos arquetípicos de La tragedia griega y los va hilvanando con la crónica roja o la poesía social. Por eso no es extraño ver a las etnias del mundo al lado de Zeus o Ares o 120 Santa Rita y Ganimedes en un mismo poema. En este afán del autor no hay sólo un voluntarismo de hibridez de combinar registros distintos, sino una clara conciencia, un conocimiento de la tragedia, de las lecturas y relecturas de Eurípides, Sófocles y Esquilo como para poder articular con acierto este procedimiento poético que tiene un frescor de belleza irreal. Digo irreal, porque Lavquén desmonta de la mitología griega lo que necesita, lo mismo que con su preocupación políticas-sociales, y lo vacía en un nuevo elemento de contenido distinto a los orígenes de los cuales se nutre.

La última parte del libro está compuesta por un extenso poema escrito en prosa que se titula “Satángel”. Un poema seudo filosófico de tono grandilocuente (veces Rokhiano, veces Nietzchiano) que funciona independiente del conjunto de poemas que lo precede y que a primera vista parece un añadido, pero está totalmente justificado desde el punto de vista de la tragedia (la lucha contra un destino inexorable, el conflicto con el poder y el tono grandilocuente). “Satángel”, es realmente la voz de Sacros Iconoclastas, el ángel caído, el paraíso perdido; aquí Lavquén nos entrega lo que creo cumbre del libro, resuelto, con un manejo ágil de la prosa y con imágenes reveladoras. ¿Quién es este Satángel? Dejemos que nos hable el autor: “Me han llamado azufre/ y me han llamado miedo,/ más soy la ciencia y la libertad”.

Bachtin dice acerca del artista de la palabra, que tiene como fin último superarla, pues el objeto estético crece en las fronteras del lenguaje. Sacros Iconoclastas es el mejor ejemplo de este desborde, para Lavquén, que en sus principios líricos se centró en el centro agotado de los sentidos y ahora muestra una clara intención de riesgo, una propuesta que sin lugar a dudas le saca varios pasos de ventaja a lo que anteriormente había publicado, y que en consecuencia asoma con fuerza e interés dentro del panorama de los libros de poesía publicados este año 2004.

LO SACRO Y LO ICONOCLASTA CONSTRUYEN UN IMAGINARIO

 Por Isabel Gómez

 La historia la podemos recepcionar e interpretar de distintas formas. Es determinante en dicha interpretación nuestro mundo ideológico, nuestras subjetividades, todo aquello que queremos aprehender hacia nuestro imaginario, que nos permita acercarnos a la realidad y rememorar pasajes de ella que están presentes y que cobran vigencia cada vez que buscamos un referente desde donde sostener nuestro fragmentado ser.

“Sacros Iconoclastas”, nuevo libro poético de Alejandro Lavquén testimonia pasajes de nuestra historia, de lucha, de reivindicaciones, de pesares. En estas páginas, lo sacro y lo iconoclasta construyen un imaginario a través de sucesivos viajes por los misterios del ser, este ser que camina en su soledad, ausente de dioses, sólo con la certeza de vivir bajo el desamparo de las individualidades, las cuales están por sobre el pensamiento del saber ser que tiene una visión integradora de la realidad, donde indudablemente, necesita la cultura del otro, para construir a partir de esa experiencia un imaginario colectivo, un mundo en donde lo onírico retorne y le dé sentido a nuestros días, un mundo en donde nuevamente afloren los anhelos, los asombros, sin embargo “los hombres intentan negar sus rostros/ ante el juicio/ de las nuevas generaciones/ Han dejado turbio el corazón/ de las aguas y agrietado/ el aire en la boca/ de otros hombres.”. La dicotomía dada entre lo sacro y lo iconoclasta, es parte del discurso poético que enuncia y denuncia, a través de tópicos que comunican la compleja sociedad actual, amparada por sistemas políticos que han postergado al ser humano al caos existencial en donde difícilmente sabemos vislumbrar diferencias reales entre el bien y el mal, en donde el mundo, promulgado por Atenas, de la belleza con sencillez, es un anacronismo más del paisaje urbano, este mundo, al decir de Platón, donde el verdadero conocimiento del bien no interesa, a pesar de ser el único conocimiento que nos permite sostener en armonía; la verdad y la virtud. En “Sacros Iconoclastas” el sujeto poético es un sujeto social, un sujeto histórico, un sujeto cuyo destino sólo testimonia situaciones de indefensión y en donde el abuso de poder atañe la dignidad humana. Sin embargo, el ser aún cree en las utopías y lucha, a pesar de la adversidad por sostenerlas. Cito. “El legendario rey Minos golpea su orgullo/contra lo imposible,/ los rebeldes escriben su utopía/en las alas del poder./ Ícaro sacrifica su juventud./ Dédalo/vuela hacia la libertad”.

El hilo conductor que sostiene este libro es la relación que existe entre mito y realidad, los personajes de la mitología griega deambulan por estas páginas y a modo de denuncia profetizan las injusticias de este siglo, el abuso del poder, es así como Tiresias, quien obtuvo de los dioses el don de comprender el lenguaje de los pájaros, nos anuncia la torpeza del ser, a modo de ejemplo cito: “Atenea blasfema/ su ira/ por la terquedad de la gente./ Calcas y Tiresias, los videntes,/ elevan profecías/ desde sus huesos”.

La cultura greco-latina ha influido directamente en nuestra racionalidad, en nuestras conductas, y nuestra propia visión del mundo occidental. La cosmogonía de los dioses muchas veces ha determinado el comportamiento humano, como por ejemplo Prometeo quien entrega la sabiduría a los mortales, motivo por el cual es castigado, estas formas de actuar son un continuo en la existencia del ser occidental, conductas que son recogidas para volver a explicarnos el sentido y los sin sentidos de la existencia. El leer este libro “Sacros Iconoclastas” creo que tiene la virtud de cuestionarnos la realidad a partir de otras ya enunciadas en la cultura griega, el poema es el cuerpo que habla y nos acerca a estos íconos, referentes obligados para entendernos, inquisitivos de nosotros mismos, personajes lúgubres del siglo XXI esperando que algo ocurra para dejar de sentirnos simples espectadores de un mundo donde otros deciden qué hacemos, aunque es cierto que, “Cayó la noche sobre la tierra,/ aunque allá en la frontera, /Prometeo no claudicó jamás en su lucha revolucionaria”.