A buen paso atraviesa la noche, Alejandro Lavquén. Mosquito Editores. Poemas, 94 páginas. Formato: 13,5 x 21,5 cm. ISBN: 978-956-265-195-0. 1ª Edición: Mayo, 2009.

CUANDO MÁS OSCURA ES LA NOCHE, MÁS CERCANA ESTÁ EL ALBA

 

Juan Nicolás Padrón
La Habana, Cuba
Octubre de 2009

 

Puede haber dos tipos de poemas: unos, los perfectos y acabados, los contenidos, equilibrados y correctos, casi siempre gélidos y tan virginales que pueden parecer artificiosos o artificiales; los otros suelen ser imperfectos y explícitos, siempre inacabados y directos, no se ocultan para blasfemar o ser “políticamente incorrectos”, echan espuma por la boca y fuego desde las entrañas, se arriesgan y vibran en las calles con la naturalidad de las voces de muchos silencios. En los primeros, los cuidados formales predominan; en los segundos, el temperamento decide. Si usted prefiere los primeros, no siga leyendo. Si gusta de la poesía “incontaminada”, le adelanto que el poeta y su obra tienen un compromiso verdadero y apasionado por los que luchan por la justicia social, así que le recomiendo detener definitivamente la lectura ahora mismo y quedarse tranquilo en casa revisando sus libros de tapas duras o contando sus dineros. Mas si usted está contagiado con el virus de los apasionados que sueñan y persisten en alcanzar una sociedad más inclusiva y mejor, de los que luchan contra la indiferencia y el egoísmo, de los que siguen peleando sin callarse la boca ante los desmanes de la barbarie, entonces póngase las botas y vamos a caminar juntos porque a buen baso atraviesa la noche para esperar el día con los ojos abiertos.

Alejandro Lavquén, autor de A buen paso atraviesa la noche (Mosquito Editores, 2009), mantiene en estos textos un mensaje prístino como agua de manantial y directo como bala de cañón, explica sus adeudos y rechazos en política y en estética, pone las cartas sobre la mesa sin esconderse tras disfraces ni amedrentarse, proclama guerras en tiempos en que casi nadie las declara aunque casi todos las hagan, se sitúa con lenguaje preciso y contundente bien lejos de cortesanos de espinazo feble, y se alinea junto a los sempiternos imperfectos lenguaraces, los bohemios desprotegidos de mesadas y prebendas; su vocación es la parcialidad porque sabe que el punto medio es también parcial; conoce las impurezas de la realidad y se “ensucia” con ellas porque ha visto a dónde han ido a parar los puros y los pulcros; está convencido de que es más importante sentirse poeta por vivir en la poesía, que vender palabras en la bolsa de la cultura, negociar versos, convertirse en un mercader de imágenes de moda para alcanzar un sitio entre las “autoridades” de las oficinas de Apolo. Está persuadido de que siempre el riesgo convive en la cotidianidad y que la creación artística va a continuar al margen de los doctores de las sinalefas y de los burócratas de los hemistiquios.

La poesía, como la pasión, ni se rinde ni se vende; no busca un puesto oficial ni seguro, ni aspira a instalarse en la Fama; no concita un acuerdo con el Destino porque camina al son de la vida ni está al tanto de los precios de los temas y los lenguajes en el mercado mundial de la palabra, y la de Alejandro se concentra en lo que se habla en la calle más próxima, en el bar de la esquina, en cualquier muro marino frente al mar… Lo poético aquí huye de las instituciones con secretaria y fax para acertar en tabernas con chinche y chicha, con pobres diablos y diablos pobres de grandes razones y harapos, irradiando la luz de la pobreza. Lavquén encuentra sus versos en la orilla del mar o en la travesía de un pájaro, en un secreto frente a un crepúsculo o en las mañanas babilónicas de un pueblo azul. Naufragios y sombras que aguardan la música del mediodía, espacios infinitos o de enclaustramiento constituyen las citas para hallar la poesía, esa sustancia inasible que se desvanece al tocarla y se sabe intangible pero cercana, aparecida en la noche e indefinida en el amanecer, como si no se dejara ver, como si apenas pudiera definirse.

No se describe en estas páginas el paisaje si no están los seres humanos que lo hacen posible; el paisaje humano interesa más que cualquier otro. Historias de estudiantes, trasnochadas cantinas, crónicas de amores y desamores que alguna vez fueron pura vida aunque ahora los muertos sigan vigilando las calles que en otra ocasión resultaron refugio y escondite, ambientan el sustrato de un conocimiento que se reafirma y que no aparece en los libros de los doctores: Dioniso contra Aristóteles. Vivir a la intemperie para escribir con la gravitación del mar de Valparaíso encima; el milagro de la escritura emerge trenzado entre miradores y pelícanos, manos y besos, recuerdos y muertos, mendigos y alfombras, muertos y más muertos… La denuncia que se infiltra en estos paisajes urbanos y marinos vive latiendo desde una visible cicatriz todavía reciente, integrándose para la construcción del futuro, sin nombrar la causa de pasadas heridas, que de vez en cuando se abren mostrándose; no puede haber olvido porque nada  ha sido saldado ni reparado, y continúa pendiente una cuenta sin cobrar por los “indóciles”. Crepúsculo y alba acusan esos resultados: aún forman parte del paisaje los explotados que salen del trabajo y los hambrientos que piden limosnas.

La vuelta a los lugares que fueron de otra manera y ahora se deshacen en sombras, descubre en estos textos una silueta conocida que recuerda a la esperanza aunque no desaparezca como fantasma el fatídico 1973. Las bayonetas que una vez se volvieron contra el pelo largo ―el mismo que toda una generación de aquí y de allá quiso dejarse hasta la cintura― y las faldas cortas, vuelven amenazantes con sus filos; no es pasado pasado la brutalidad de quienes cumplieron órdenes y todavía se mantienen en sus cuarteles esperando las nuevas, quizás ahora vestidos de cuello duro; no es inútil entonces, ni arcaico, estar atentos a nuevas sacudidas; es traición el olvido y complicidad cualquier pacto. A pesar de la aflicción que recorre el cuaderno de Lavquén, nos alerta en su melancolía un anhelo en perspectiva creciente que no cesa; no es decadente su mensaje ni puede serlo porque en cada página se asoman ojos vigilantes y manos listas en un Valparaíso que ahora ha cumplido mayoría de edad y camina solo mirando atrás, para los lados, pero, sobre todo, hacia delante y hacia arriba. Puede haber lluvias y distancias, tormentas que desatan la ira por promesas incumplidas, nocturnidades de invierno y soledad, discrepancias y desencuentros ―dicen que donde hay dos chilenos, hay tres partidos políticos―, ausencias sin olvido, sortilegios que se enredan en el silencio, meditaciones y más soledades aun entre parejas, llovizna pertinaz y muertos, muchos muertos… Y como siempre hay poesía, la resurrección de luz propuesta en estos versos levita del extravío de las llamas que se van apagando y de las sombras que ya casi no se identifican.

En el horizonte, una guitarra espera para compartir un sueño en el oasis; la posibilidad de que a un canto nuevo siga a otro, late más ahora más fuerte aunque un hombre no tenga nada en sus bolsillos. Continúa siendo una dicha compartir la orilla del mar y comprobar que la luna siempre regresa a su sitio y que el sol en su travesía oculta viene llegando para regalarnos su luz sin exclusiones. El azul y la claridad parecen triunfar sobre el luto y las perversiones, y predomina en el poemario la confianza por la cosecha, a veces, con la inocencia de lo explícito, alertándola claramente para todos los ojos: “Pero al fondo de la luz,/ ―entre la oscuridad―/ todavía existen/ el agua y la semilla”. Pero cuidado con el tradicional exceso de entusiasmo de las izquierdas: los eclipses están programados, la luz puede evaporarse por momentos ante la salida de los gendarmes que siguen en los cuarteles esperando órdenes, los ojos asustados de los vampiros continúan mirando temblorosos por las altas ventanas de persianas entornadas. Ojo con el cielo gris y los demagogos de la oportunidad, con los cambiacasacas que salen con sus porras escondidas tras banderas rojas: ¡cuídate Chile, de tu propio Chile!

El poemario de Alejandro Lavquén plantea un juego entre luces y sombras, propone una vigilancia constante por la naturaleza de una claridad que llega con el alba, persiste en la denuncia directa de lo que para muchos ya resulta una evidencia inmoral, reitera los desmanes de una transición nocturna o de una concertación concertada que todavía cuesta vidas: los muertos y los muertos en vida. Estructurado en dos partes, “La edad bajo la lluvia” y “Esquinas de ciudad”, el texto advierte la entrada de la noche y su salida. El desespero del autor por la llegada de un radiante día no se disimula mientras el peso de septiembre convive en cada tragedia cotidiana: algunos se acomodan y se distancian, unos traicionan y pactan, otros siguen disimulando para dar un golpe particular en el negocio de la política… Con la aparición del sol, cada cual muestra su verdadera piel y solo quedan los que tienen luz propia; como ha escrito José Martí: “Nunca es más bella la luz que después de tenebrosa noche”; como ha cantado Silvio Rodríguez: “Quedamos los que puedan sonreír/ en medio de la muerte, en plena luz”.

Los textos recogidos aquí son versos de la vida que sangran y sueñan; poemas vitales que caminan por Valparaíso; poesía dinámica que avanza con las horas a favor del tiempo; poética del ser humano, la de un poeta frente al mar. La sed acumulada de justicia social pendiente, la angustia que provoca en el poeta y que hace temblar a cortesanos con una permanente espada de Damocles sobre sus cabezas, el ansia de que los muertos que pululan por la ciudad al fin descansen en paz, cobran en este poemario una dimensión que va más allá de la estética y de la política para adentrarse en una lucha ética diaria que debe predominar hoy entre los revolucionarios verdaderos de Nuestra América, independientemente de los partidos en que militen y de los estilos poéticos que abracen. A buen paso atraviesa la noche, de Alejandro Lavquén, es su obra de madurez y recuento, de recurrente rebeldía emocional y nostalgia constructiva, repasadora de pasados y simiente del sueño de unidad americana de los hoy Estados Des-unidos del Sur, como afirmara Francisco Bilbao; de pertinaz insistencia en la “necedad” de permanecer luchando por encima de distancias sospechosas, silencios cómplices y mediaciones traidoras, para consolidar una obra poética y de vida que nos alienta a continuar “hasta la victoria siempre”.

EL SENTIDO QUE NOS OTORGA LA PALABRA

 Por Isabel Gómez

 Hay quienes se preguntan, ¿cuál es el rol que cumple el poeta y la poesía hoy?, en esta época de la posmodernidad, de la globalización, de la cultura de mall, se dice que el poeta ha dejado de tener un valor social, más bien es ignorado y sus libros permanecen en estanterías que nadie visita. En nuestro país las últimas estadísticas, en relación a la población lectora, enuncian que somos un país que no lee y son estas mismas estadísticas las que nos sitúan muy por debajo de la norma. Sin embargo, los libros de poesía continúan editándose y esto viene a constatar que la poesía está más vigente que nunca, que los poetas tienen algo que decir en esta sociedad amorfa y que no solamente debemos escucharnos nosotros mismos, sino más bien ser sujetos sociales que inviten a la reflexión, a la crítica, al diálogo. Es así como celebro la publicación de: “A buen paso atraviesa la noche”, nuevo libro de Alejandro Lavquén, que viene a confirmar su preocupación, no sólo por escribir poesía como un ejercicio banal, sino más bien utilizar este arte como una herramienta que nos permita ser un aporte real para cuestionarnos la existencia desde una mirada crítica, indagadora, reflexiva, que vaya al encuentro de nuevas interrogantes. El autor nos dice: “Me siento ajeno a esta época/ de transiciones apócrifas,/de rostros y cuerpos cromados/ ocultándose en el silabario/pueril de la uniformidad…”. Se escribe porque se vive, por la misma razón que vuela un ave, nos dice el autor, así la poesía es una viajera que se impregna de nuestros sentires, y se mueve en las subjetividades del ser que trasciende el día a día, que vuelve sobre sí mismo cada vez que el día concluye.

Sí, es probable que el poeta no vuelva a tener un papel protagónico y relevante en la sociedad actual, mas, no es menos cierto que la poesía siempre se encargará por encontrar un lugar no contaminado, por los aires de esta mal llamada modernidad y respire, por el contrario, el silencio del ser que se busca a sí mismo, que lucha por reencontrarse consigo mismo, que se siente ajeno a este sinsentido de una sociedad que nos abruma, que nos posterga a los rincones más apartados del yo. La palabra verdadera es aquella que no nos consume, aquella que no sucumbe a la modorra existencial, porque a buen paso atraviesa la noche, y es la oscuridad la que viene en nuestro auxilio, la que nos ayuda a reencontrarnos, pero también la que nos mantiene alerta ante el desconcierto total, la indiferencia y la ausencia de sentidos. Lavquén plantea: “La soberbia de la urbanidad/ va sepultando los barrios/ de la infancia. /Junto a ellos se observan las tumbas/ de los amigos extraviados/en el silencio de la adultez”. El cambio de la ciudad y su paisaje urbano va transformando nuestras vidas, aquí la infancia es una experiencia que quedó adherida a antiguos paisajes que sólo existen en nuestra memoria, en el silencio de las veredas que ya no son las calles donde nuestro imaginario infantil, construyó las historias de nuestra niñez. El espacio ha sido modificado y con él nuestras vidas.

En estas páginas la muerte es un tópico que se articula para y desde la memoria de los cuerpos. Cito: “Hoy los muertos no me duelen como ayer./ Hace mucho me han dejado sordo y frío”.  En estos versos la muerte es vista como algo natural, una prolongación en el tiempo, un cambio en los elementos: “Los que ayer soñamos el sol,/avanzamos también como el agua…”. Aquí la existencia es el caos y la muerte la pasividad, la amiga íntima, la amante que sobrevive, bajo este escenario la palabra trasciende y se instala más allá de la existencia. Bajo estos prismas se construye un imaginario en el que perviven temáticas que nos invitan a profundizar aquellos tópicos que cohabitan en una realidad fragmentada, es así como transitan por estas páginas los secretos de una época que lucha por trascender más allá del tiempo, aquí el poeta es un vigilante sagaz enarbolando los triunfos y fracasos de una época de ausencias, una época oscura, con muchos “silencios y distancias”.

“A buen paso atraviesa la noche” es un texto poético que enuncia la problemática de los sujetos sociales que no se sienten cómodos, en esta sociedad que los ignora, que los minimiza, que los posterga. Sin embargo, el discurso poético planteado, nos exige recuperar espacios de reencuentro consigo mismo, replanteándonos esta sociedad en donde se ausentan cada vez más los valores y la solidaridad humana. Es ahí donde descansa su valor más intrínseco, ya que la poesía nos debe servir, ante todo para humanizar. Porque: “La ciudad estalla en los suburbios/su sombría sonrisa de mall,/símbolo del éxito/al marchitar el tiempo un siglo más…”. No debemos ser indiferentes a esta realidad, la poesía nos exige compromiso, porque cuando todos observan con la mirada indiferente, los poetas deben ser transformadores, sujetos lúcidos, una forma de mantener viva la memoria, porque: “Un hombre cava su tumba/a los pies de su memoria”.

El hombre común y los hechos comunes tienen su espacio en este libro, el discurso poético se detiene, en los sectores sociales que son desapercibidos por el resto, sobre todo ahora que el espacio urbano ha sido amenazado por la mal entendida modernidad, siendo destruidos. En estos lugares circula y trasciende la cultura popular como una fuente de inspiración que va más allá del conocimiento académico. “Amo las cantinas/más que el aprendizaje académico/de toda mi vida…”, nos plantea Lavquén. Estos lugares comunes escriben otra historia, no aquella que transmite la historia oficial, sino aquella que enuncia. “Escribo un poema con mis cicatrices”. Y también las cicatrices del otro, porque es un libro en donde se conjugan los tiempos reales con los tiempos imaginarios, el espacio propio y el espacio del otro, en donde se enuncia una ciudad con sus sombras y su luz y la escritura como una herramienta llena de sentidos y significados que nos permite entender la existencia y en ciertas ocasiones no entenderla, porque como dice Julia Kristeva “Se olvida el tiempo pasado cuando no se tiene nada que decir a nadie”. Ese es el sentido que nos otorga la palabra.

A BUEN PASO….

 Por Dinko Pavlov

 Presentación del texto de Alejandro Lavquén, A buen paso atraviesa la noche (Ed. Mosquito, 2009), un día cualquiera de nuestra amistad, sin haber sido pedida por supuesto.

He transitado desde hace tiempo por la literatura de Alejandro Lavquén; “del Lavquén”, como lo pronuncian algunos con cierto dejo, pensando en rebajar su condición humana con el apellido mapuche que asumió en las letras. Me costó ir recibiendo sus mensajes entreverados, sus signos vitales, a pesar de que nada hay escondido, me ha hecho acreedor a sus verdades desde los albores de nuestra amistad; y aunque siempre he buscado esa fecha en mis efemérides personales, no he tenido suerte, se pierde en el pasado, habiéndose ido fraternizando tanto, hasta llegar a pensar que hemos salido de un útero común.

Mientras más lo leo, más convencido de que nada sale de ese intelecto que no haya sido investigado primero por los sentidos, por los cinco puntos cardinales de su espíritu inquieto, filosofía de lo inefable, de lo que el resto quisiera esconder, en la poesía Lavquiana reaparecen las verdades como corchos que se sueltan desde el fondo del mar (y lo extraño es que ello no le resta lírica).

Hasta en la ternura muestra una avaricia y reticencia, pero sin darse cuenta la pide como el oxígeno. Desfilan por sus versos: postales porteñas mostrando escaleras y ascensores, transitados hasta el hartazgo desde joven, tendederos atiborrados de prendas interiores e intensos cariños, que se muestran para luego esconderlos cerrando las manos, como mago que teme que descubran sus viejos trucos y secretos; esas balas exterminando a sus vecinos y a sus recuerdos del barrio. Un maestro diría, para los silencios entre palabras encerradas, que darán a luz en el cerebro del lector, a los días de leídos. Aún le quedan en la pluma, razones de la naturaleza para contraponer a estas conductas farandulescas, tratando de llamar al equilibrio. Este es Alejandro, agregando un botón más de muestra a su creatividad poética innegable. Aunque esta opinión venga de su cercanía afectiva, no es óbice para opacar mi objetividad.