PAVEL OYARZÚN

Un escritor contra la marea

 

 

Por Alejandro Lavquén

Publicada en revista Punto Final, abril 29 de 2016

 

Con la publicación de Krumiro (LOM Ediciones), su nueva novela, Pavel Oyarzún Díaz, escritor magallánico, se confirma como uno de nuestros narradores más sólidos. Antes, bajo el mismo sello, había publicado El Paso del Diablo (2004), San Román de la Llanura (2006) y Barragán (2009). Sobre la temática social de sus trabajos y la coyuntura política, el autor conversó con Punto Final.    

 

El protagonista de Krumiro es una mezcla de revolucionario e incontinente sexual. ¿Cómo se gesta el personaje, por qué esa mezcla?

En realidad, el narrador-personaje sufre de una contradicción flagrante entre los ideales que le han constituido, desde la infancia, y su actitud – pensamiento y hechos- con respecto a las mujeres. Las ve desde una falsa altura, como quien ve un objeto doméstico. Luego, regresa a su pequeñez, al momento de recordar hechos, paralelos en el tiempo o no, en que participaron revolucionarios de verdad, héroes auténticos, capaces de los mayores sacrificios. La novela relata esta ida y vuelta permanente. Ahora bien, un personaje literario, como este narrador, siempre es una especie de Frankestein; vale decir, está hecho de retazos, de girones de otras vida, también de la propia, y surge de esta observación. En cuanto a la razón de esta mezcla, solo puedo aseverar que fue la que me pareció propicia para reflejar una época, un fragmento de nuestra historia reciente. O al menos intentar hacerlo.

 

La novela recuerda hechos relevantes ocurridos durante la dictadura: denuncias de las violaciones de derechos humanos y reivindicación de todas la formas de lucha.

La década de 1980, para un sector de la izquierda chilena, marcó un ascenso en su enfrentamiento con la dictadura. Me refiero a los métodos de lucha, que fueron desde la agitación social y de denuncia, hasta el uso de las armas. Es un amplio rango. Tras una primera etapa, de supervivencia, post Golpe, logró recomponer estructuras orgánicas, desplegarlas en casi todo el país, aumentando su presencia e injerencia en las organizaciones populares, en el movimiento estudiantil. El asumir todas las formas de lucha me parece no solo correcto, de acuerdo a las condiciones imperantes, sino también en una dimensión moral. Un Partido o Movimiento revolucionario entraña siempre una épica. Aclaro que cuando digo “un sector de la izquierda chilena” me refiero fundamentalmente al Partido Comunista y al MIR. Sabido es que el Partido Comunista asume todas las formas de lucha oficialmente a partir del año 1980, y el MIR, desde su fundación, en 1965.

 

Entre tanta tragedia se percibe también humor en el personaje. ¿Es una forma de sobrellevar los fracasos o se debe a otros motivos?

Más bien se trata de humor negro, pero humor al fin. Por una parte, funciona como un mecanismo de defensa. El personaje intenta a través de aquellos giros humorísticos, irónicos, suavizar los golpes de la realidad. Y me parece que no lo logra del todo. Y por otra parte, desde el ámbito de la escritura en sí, es un recurso literario que me gusta emplear. En mi opinión, es una forma de agilizar el relato, de brindarle pequeños fisuras al muro de la realidad  de los hechos narrados.   

 

La novela da cuenta de una generación que no vio concretarse los objetivos por los cuales lucharon y murieron muchos jóvenes. ¿Aún duele la traición de la Concertación?

Traición y Concertación hasta riman. Creo que aún persiste aquel sentimiento de derrota, de sacrificio burlado, en un sector minoritario de la sociedad chilena actual, marcada por una verdadera compulsión capitalista. Cuando pienso en Miguel Enríquez, en Raúl Pellegrín, o en Cecilia Magni, pienso en las muertes de hombres y mujeres jóvenes, honestos, corajudos.  Muertes ya lejanas, tapiadas por la estridencia de la fiestoca chilensis consumista, organizada por los Mercaderes del Templo, que están en el poder. Perdón por la tristeza.

 

Tus primeros libros fueron de poesía, La cacería  y La jauría desquiciada, donde denunciabas el exterminio de los pueblos originarios de la Patagonia. ¿Crees que ya en el siglo XXI los chilenos tienen conciencia de aquellos hechos?

Creo que los chilenos no tienen conciencia de nada. Solo saben de tarjetas de crédito, y de su escalada arribista. Pero, por fortuna, existen sectores de resistencia, sobre todo entre los jóvenes, en el movimiento estudiantil, por ejemplo. En cuanto a mis primeros libros de poesía, cuando los escribí, como todo poeta primerizo creía que estaba escribiendo mi propio Trilce, o mi propia Tierra Baldía, poco menos. Luego, caí en la cuenta de la realidad. Pero lo intenté: me refiero a que quise ser poeta e ingresar al ámbito de las publicaciones con poemas imprecatorios, de cara a un hecho tan concreto como oculto: la violenta desaparición de los pueblos originarios de Patagonia y Tierra del Fuego, en especial del pueblo Selknam. Hace unos meses, en Santiago, apareció una antología con la gran mayoría de mis poemas publicados, que se titula, Palabras Abren Sepulcros, editada por los compañeros de Nadar Ediciones. Allí están reunidos aquellos primeros poemas.

 

La distancia y el centralismo en Chile han perjudicado en muchas cosas a la Patagonia. ¿Cuáles consideras que son las principales deudas del Estado con ustedes?

Sin duda que hay muchas. Pero en este aspecto, por pudor, no hago referencias de ellas, sobre todo cuando pienso en las deudas que el Estado de Chile tiene con otros lugares del país, históricamente abandonados, empobrecidos. Cuando pienso en el Territorio Mapuche, en donde el Estado no solo tiene deudas, sino culpas directas, desde la década de 1880, hasta la fecha. Culpas de usurpación, de colonialismo.

 

Cualquier cambio de verdad en Chile pasa por que exista una Izquierda que dé el ancho. En tu opinión, ¿dónde está hoy la Izquierda chilena?

Quisiera creer que se está recomponiendo, en un proceso lento, lentísimo. Las condiciones son adversas, sobre todo bajo la égida del neoliberalismo que parece todopoderoso. Hay señales claras de esta recomposición en el Movimiento Estudiantil de los últimos años. También en organizaciones por los derechos civiles, de carácter libertarios. En los intentos por levantar un sindicalismo auténtico, de clase. Pienso que la Izquierda, en esta etapa de la lucha de clases, si es que aún existe en Chile,  deberá darse nuevas formas de organización, sumando a las reivindicaciones históricas, otras, de nuevo tipo. Dar la pelea por dentro y fuera del sistema. Y jamás oír cantos de sirena, y acudir al llamado de los partidos burgueses, para obtener algunas prebendas, algunos privilegios. Por unas cuantas monedas, en La Moneda.