PATRICIA ESPINOSA:
Las armas de la crítica

Publicada en Punto Final N° 592 (mayo 27. 2005)

Profesora de literatura en las universidades de Chile y Católica, Patricia Espinosa ejerce la crítica literaria en la revista Rocinante. También ha escrito en otros medios de comunicación y sus comentarios de libros han sacado más de una chispa entre los escritores. Actualmente es uno de los referentes más importantes dentro de quienes ejercen la crítica literaria en nuestro país.

En su opinión ¿Qué papel juega el crítico en la literatura?¿Cuál sería su importancia? ¿Cuál el vínculo entre él y el escritor?

En principio pienso que el crítico evalúa textos. Pero que los libros y los autores se inscriben en un determinado campo cultural, el cual también hay que abordar. El libro no funciona de manera autónoma sino que inserto en una red que el crítico está obligado a considerar como la sociedad, la o las ideologías, el tema de las editoriales, las estrategias del mercado, del estado y de la propia crítica en su vertiente académica y mediática. Existen una serie de elementos que van cruzando el trabajo del crítico. Pero en definitiva creo que el crítico nunca deja de evaluar textos. Es casi un esencialismo de la crítica literaria. Leer los textos y hacer una interpretación. Sin embargo, quiero insistir, que la crítica el día de hoy está sometida a múltiples cambios teóricos e ideológicos. Ya no podemos hablar de una crítica totalizante, sino de una microcrítica o de una crítica situada, contextualizada. Respecto al rol que juega el crítico, hay que considerarlo como mucho menos influyente que en otros períodos históricos. El sujeto especialista ha sido devastado por la sociedad del espectáculo y su vicio por la espectacularización. Aunque a mí, en lo particular, me parece central la presencia de una crítica y de discursos críticos, tampoco puedo dejar de reconocer que la importancia del crítico, especialmente en términos de espacio público, es cada vez menor. Sobre la vinculación con el escritor, creo que los críticos cada vez escriben más para el escritor y por supuesto para las editoriales. El crítico, sobre todo en nuestro país, se ha vuelto un tipo domesticado y servil no solo al medio de prensa en el cual trabaja sino fundamentalmente a las editoriales. El crítico de prensa se vuelve cada vez más una suerte de relacionador público de sus amigos o autores avalados por la super empresa y a la vez un destructor de personajes olvidándose de los textos. Solo así este crítico será legitimado como parte del establishment, lo que en última instancia todos quieren desesperadamente. Escriben para los consorcios Copesa, El Mercurio y creen ingenuamente que han tocado el cielo. A ningún crítico, por ejemplo, le sirve abordar la poesía o las autoediciones pero sí le sirve comentar cualquier libro que publique Sudamericana o Alfaguara y si es positivamente, lo que ocurre la mayor parte de las veces, mejor. En cierta medida hay una homogenización de las voces críticas, lo cual parece reproducir la figura del crítico único, la gran maldición de la crítica chilena.

Algo parecido al poeta único

Yo creo que hay figuras únicas en muchos lugares que temen enfrentarse a la diversidad, a la diferencia de opiniones, al debate. Hay una necesidad de reproducir la figura del dictador ausente, la imagen patriarcal. No solo en el caso de la crítica es posible advertir esta necesidad de figuras de poder. Quisiera que entendiéramos la figura del crítico como un sujeto más dentro de muchos, obviamente con una competencia, con un metalenguaje, con una formación, pero en ningún caso entender su presencia como una voz omnímoda y totalizante, casi homologable a la figura de un dictador. Ya no más poetas, narradores o críticos únicos. Me parece ingenuo que alguien pretenda hoy instaurarse como el gran referente.

En su opinión ¿Puede un crítico elevar o enterrar a un escritor? ¿O a un libro determinado?

Yo creo que ahí también ha habido un cambio, pensando un poco en lo que ha sido la historia de la crítica chilena. Habría que hacer una distinción entre la crítica académica, universitaria, que es un espacio mucho más cerrado donde hay códigos específicos y un formato de escritura y lo que es la crítica realizada en medios de comunicación masivos. Ya sea inserta en un diario, compitiendo con la farándula en un pequeño rincón o en revistas culturales. En el circuito académico la validación de un autor o texto pasa por el simple hecho de ser material analizable. Es decir, toda crítica académica eleva a un escritor al sacarlo del espacio público. En cambio en el ámbito de la prensa, se trabaja mucho más abiertamente con la valoración explícita. Sin embargo, como anteriormente señalé, el peso de la crítica seria es cada vez menor en oposición a la reseña propagandística que sí puede elevar o enterrar a un escritor o un libro específico. Creo que el crítico no puede elevar o destruir a un escritor. Él da la mirada que es la de un sujeto. Y en una época donde se han caído ideologías e intelectuales es bastante osado aseverar que exista un sujeto que tenga la absoluta legitimidad como para elevar o destruir a un escritor. Aunque claro, existen críticos ligados a medios con mayor tiraje y poder o están ligados y legitimados por grandes editoriales. Y en esa medida ese crítico podría ser un sujeto que tiene un mayor poder entre comillas como para poder hacer saltar en escena a alguien determinado o hacerlo desaparecer, pero también esto entre comillas. Porque los tiempos no están para intervenir tan categóricamente.

¿Cómo se equilibra una crítica justa con los gustos personales del crítico?

Es un tema bien complejo. En qué medida se puede uno desmarcar de su visión de la vida, de sus valores, de su ideología, y enfrentarse un texto de manera más bien desnuda. No me parece posible. El crítico es un sujeto con una ideología específica y obviamente eso no se puede eliminar. Y en el momento de la lectura, del análisis, de la interpretación, está operando todo lo que tienes dentro de ti. Ahora, lo que sí me parece importante y enfatizo mucho en términos de docencia es, por ejemplo, encontrarse con algún texto que vaya contra tus valores y de qué manera puedas sacudirte de eso y no te sientas horrorizado del tema. Que seas capaz de ver estéticamente ese texto. Un obra puede tratar temas desagradables para todos, pero sin embargo escrituralmente, como artefacto literario puede ser grandiosa. Entonces, desde esa perspectiva, el crítico debe estar en permanente alerta frente al objeto literario y ser capaz de ser objetivo. Hay que hacer una especie de contrapunto continuo en el acto crítico que permita realizar una evaluación estética y dejar a la vez espacio para lo valórico e ideológico.

¿Existe presión hacia los críticos en los medios en los cuales trabajan?

Los críticos debieran tener cursos de ética. Porque el asunto de la ética es una cuestión que cruza de modo permanente tal labor. En mi caso personal opté, en algún momento, por desligarme del tema de las editoriales. No asistir a lanzamientos de libros y alejarme de los autores. De todo lo que signifique este mundo del mercado, de las posibles presiones que puedan ejercerse sobre tu trabajo. Desde mi perspectiva eso es tener autonomía. Y los costos son no estar invitado a muchos lugares, que por lo demás no es lo que a mí me interesa. Porque estar en ciertos lugares significa hacer transacciones y haber negociado. Mi relación con las editoriales es un silencio absoluto, yo veo cómo consigo mis libros, cómo los compro, cómo canalizo esto en algunos casos con editoriales alternativas, muchas de provincia. Pero en el caso de los grandes consorcios transnacionales es una opción mía desvincularme porque sé por donde van. Mis malas experiencias han sido con algunos editores. Trabajé alguna vez en El Metropolitano y ahí tuve una situación bastante desagradable debido al libro de un poeta y un narrador que comenté. Me refiero a Francisco Véjar y Germán Marín. En esa ocasión evalué bien la antología de Véjar y al editor no le pareció, pues pensaba que éste poeta era una mala persona y no merecía una buena crítica en su espacio. Luego sucedió lo contrario con Germán Marín, cuyo trabajo literario me parece notable, pero en esa ocasión el libro comentado no me pareció tan notable y lo hice ver a través de la crítica. El editor no estuvo de acuerdo y me dijo que no debía ser así porque había una relación de amistad entre él y el autor. Eso significó mi renuncia, porque esas pequeñas batallitas son para mí importantes. Perfectamente podría haber hecho oídos sordos y quedarme allí, era buen dinero. Sobre todo cuando es difícil encontrar espacios donde se te pague dignamente por tu trabajo. Los medios manipulan a sus críticos de manera implícita. Se instala a un crítico y se lo neutraliza rápidamente. El fin es bajar al sujeto crítico y convertirlo en un relacionador público, en un come libros, en un simple mediador funcional al sistema de mercado que mueve al medio de prensa.

¿Cómo vive usted la función de crítico con respecto, no a los escritores, sino con una postura social respecto a los lectores, que es gente no especializada?

La crítica, más allá que suene o no mesiánico, debe tener una función social, pedagógica, docente y una función política. Hay que pensar que la crítica está, sobre todo en los medios de prensa, escribiéndose para una persona que le gusta leer simplemente, que no tiene necesariamente formación académica. Por otro lado también se está escribiendo para una persona de mucha competencia literaria. Y eso hay que evaluarlo. Pienso que la crítica no debe ser tan elitista, no se debe escribir en formatos absolutamente plagados de metalenguajes y teoría, olvidando que existe un receptor que se puede sentir complicado y que en definitiva no va a leer el texto comentado. La escritura crítica debe ser capaz de asumir registros de escritura diversos. Debe tratar de hacerse una escritura bella, entretenida, agradable, placentera y también explorar en el argumento sustentado en teoría. Pero siempre con mesura; no tirar el ladrillazo teórico elitista, solo dirigido a la pequeña tribu letrada. Hay que tratar de ir equilibrando en función del lector. En Chile y Latinoamérica no todo el mundo tiene acceso a la universidad. Hay que ser menos mezquino y ególatra como crítico y ser capaz de escribir textos donde puedas llegar a la mayor diversidad de lectores.

Por otro lado, sobre la postura social de la crítica, mi planteamiento es instalar una crítica situada. El crítico siempre tiene que estar en perspectiva de situarse, y situarse significa asumir la época, los valores y la ideología que cada uno de nosotros tiene y su relación con el sistema dominante. Eso debe develarse a través del texto crítico, tú no puedes pensar que soy una especie de abstracción que me pongo a leer un libro. Al leer un libro está todo lo que yo soy en términos políticos e ideológicos. Y eso es inevitable, creo en la posibilidad de ese cruce, en que el texto sea capaz de trasuntar cuál es la ideología del crítico, desde donde habla, desde donde piensa. Hay que ser capaz de seducir al lector, porque la crítica en medios de prensa lucha con lo efímero. Un diario en la tarde ya no tiene vigencia, es papel que se vende al kilo. Debemos pensar que las escrituras deben permanecer de algún modo, y uno debe generar estrategias para que éstas permanezcan. Tan simple como eso.

¿Qué piensa de la actual literatura chilena? ¿Existe cierta tendencia a escribir como si se lo hiciera desde Europa en muchos casos?

Creo que el mundo intelectual chileno es tremendamente arribista. Pretenden blanquearse continuamente. En el caso de los narradores dictan cátedra con respecto a este arribismo. Y han asumido a rajatabla esta idea de desideologizar la escritura y suponer que están en Barcelona o Madrid y olvidarse que son latinoamericanos. Porque anacrónicamente piensan que la marca de latinoamericaneidad es una diferencia que los rebaja. Son pocos los casos que no están en esa estrategia. Obviamente Bolaño es un caso notable en cuanto a privilegiar la crisis de ser latinoamericano, Diamela Eltit igualmente sigue esta línea o Pedro Lemebel. Fuguet hace muy poco y creo que por filiación con Bolaño, ha dado un viraje fuerte a su eterna divinización de la ideología norteamericana y aparece ahora recuperando en sus crónicas y el cine la aldea chilena. En cuanto a los poetas también puede suceder algo similar en términos de asumir el "afuera". Creo que la generación de los noventa fue muy académica, muy universitaria, como que dejó ese eje de lo propio, de lo político en virtud del exceso intertextual o los juegos con la escritura misma. Pero después de esa generación de la cual rescato a Germán Carrasco quien siempre se manejó en términos de la hibridéz del lugar propio, ha ido emergendo mucha gente joven que apuesta por lo que tú señalas como Yuri Pérez, Diego Ramírez, Gladys Gonzalez, Pablo Paredes, por nombrarte a unos cuantos aunque obviamente hay muchos más. Veo una reinstalación del espacio urbano, de sus marginalidades, de una estética barrial, con la mirada desde y hacia lo menor, desatendiendo la cita culta, cruzando hacia la narrativa y con trazas de cierta mitopóetica ligada a la infancia y la adolescencia. Todo esto que identifico corresponde a un camino que se inicia, un trabajo que se está instalando, porque obviamente hay una ideología fuerte "del que la lleva", de la espectacularización literaria como una amenaza siempre latente, en tanto ideología que permea tanto a los narradores, como a los opinólogos, los poetas, los críticos literarios. Se anda buscando una cosa extraña que lleve a la risa, a la ironía o a la neutralidad. Y esa cosa extraña es aparentemente desideologizada, cómplice con los poderes, traidora. Pienso que en definitiva, las escrituras que sobreviven son las menores, a la Deleuze, siempre en lucha con cualquier instancia que se nos vuelva dominancia, hegemonía, devastación de lo "nuevo" o de lo diferente.

ALEJANDRO LAVQUEN