EDUARDO CARRASCO:
El dedo en la llaga política

Publicada en Punto Final N° 555 (octubre 24/ 2003)

Fundador, director e integrante del histórico grupo Quilapayún, Eduardo Carrasco ha desarrollado en los últimos años una destacada carrera como filósofo y profesor en la Universidad de Chile. Recientemente acaba de ser reeditado su libro "Quilapayún: la revolución y las estrellas" (Ril Editores). Carrasco ha publicado además los libros "Distinciones" (1985); "Conversaciones con Matta" (1987); "Distinciones II" (1989); "Campanadas del mar" (1995); "Libro de las respuestas al libro de las preguntas de Pablo Neruda" (1999); "Para leer así habló Zaratustra de F. Nietszche (2002); "Palabra de hombre: tractatus philosophiae chilensis" (2002). También ha publicado numerosos artículos sobre temas filosóficos en revistas especializadas y dictado conferencias en universidades e institutos. Sobre el grupo Quilapayún y otros temas Punto Final conversó con él.

¿Cómo fue ese reencuentro con Quilapayún en el homenaje a Salvador Allende en el Estadio Nacional? ¿Estaba en sus planes volver a tocar?

Tal como lo dijimos en el Estadio, fue como cerrar el círculo de la memoria. Salvador Allende, en cierto modo, nos salvó la vida enviándonos fuera de Chile justo algunos días antes del golpe militar. No estaba conciente de ello, pero la cosa es que así fue. Volver a encontrarnos allí fue emocionante en un doble aspecto: nos encontrábamos de nuevo juntos arriba de un escenario un grupo que es como una familia. Juntos recorrimos el mundo entero cantando y vivimos experiencias que jamás podríamos olvidar. Son una parte importantísima de nuestra vida. Este conjunto es un grupo de buenas personas. Ellos son capaces de ser generosos y excelentes artistas. La fama del Quilapayún no es solo un mito, ella es debida al aporte que hicieron a su historia estas mismas personas. La verdad es que hay fuertes corrientes de afecto entre nosotros. Y en segundo lugar, era encontrarnos de nuevo con miles de personas en circunstancias muy parecidas a las que vivíamos antes del golpe militar. Ahí mismo habíamos cantado las mismas canciones en los días de la UP. Pero las mismas letras decían ahora algo diferente y adquirían un sentido renovado, debido a la presencia de las generaciones más jóvenes. Los viejos fueron a recordar, pero los jóvenes fueron a encontrarse con un pedazo de historia que tienen urgentemente que reconstruir para que Chile tenga para ellos algún sentido coherente. Con esos dos ingredientes tú te puedes imaginar lo tremendamente emotivo de la situación que vivimos en el Estadio.

Quilapayún –junto a otros artistas- fue un actor fundamental en el apoyo, desde el ámbito cultural, al gobierno de la Unidad Popular ¿Qué sería lo fundamental que rescataría de esa experiencia?

Esa fue una experiencia que fracasó. Las formulaciones concretas por las que luchábamos son tal vez difíciles de rescatar hoy día. No tiene sentido volver a las 40 medidas del gobierno popular, o a las JAP, o a las formas de organización de base, o a las ideas de activismo político y de instrumentalización de la cultura. Muchas de esas ideas eran completamente equivocadas: pocos días antes del golpe nosotros hicimos una conferencia de prensa en Helsinki para explicar que los militares chilenos eran profundamente democráticos y que jamás se tentarían con una aventura golpista. Además, estábamos convencidos de que representábamos al pueblo chileno en su conjunto y todo eso no era cierto. En fin, un montón de equivocaciones. Pero lo rescatable es el entusiasmo y la vitalidad que en esos años se despertó en el pueblo. El espíritu de participación y de movilización constante, la solidaridad, los anhelos de justicia social, las ansias de libertad. Todo eso era auténtico y nos hacía sentirnos como formando parte de una inmensa ola que nos llevaba indefectiblemente hacia un mundo de mayor justicia y verdad. Ver que un pueblo se despierta y se echa a caminar es una de las experiencias más formidables que un ser humano puede vivir. Y nosotros la vivimos.

La Nueva Canción Chilena estuvo marcada por un claro sentido ideológico y comprometida con la búsqueda de una nueva sociedad que aspiraba al socialismo, aún así, la música y poesía que de allí surgió sigue siendo escuchada con atención y parece que se universalizara más con el paso de los años ¿Qué opinión le merece esto?

Creo que en todos los procesos históricos el arte es la expresión depurada de lo que ocurre a nivel concreto y contingente. Esa es la razón por la cual lo único que finalmente queda en pie de estos procesos son las obras artísticas. Piensa tú en Grecia y Roma, por ejemplo. Los motivos por los cuales esos hombres lucharon y se mataron los unos a los otros son completamente ajenos a nosotros. En cambio las obras de arte son tan cercanas, que se han transformado en modelos para todas las épocas que han venido después. En el arte se decanta lo esencial. En la política, como dice una canción nuestra "la historia va cambiando los motivos". En el arte los motivos son casi siempre los mismos y desde que surge una obra artística, por humilde que esta sea, queda en pie algo esencial. Es lo que nos pasó ahora con "La Cantata Santa María". La obra era la misma que presentábamos cuando la estrenamos en 1969, pero su contenido ha sufrido una transformación que la hace mucho más válida ahora que antes. Su mensaje era entendido de un modo en esa época y de otro modo mucho más decisivo en la nuestra. En 1969 nosotros cantábamos "Es Chile un país muy largo, mil cosas pueden pasar" o "unámonos como hermanos", pero nada era más alejado de nosotros que el pensamiento de que efectivamente algunos años después íbamos a estar sufriendo la represión militar y la violencia política. Hoy día todo el mundo sabe que esas palabras son más que verdaderas, son un programa definitivo para el pueblo chileno, forman parte de aquellas cosas que si son olvidadas, se corre el riesgo de perder todo lo ganado. Por eso no tengo dudas de que muchas de las cosas que nosotros hicimos quedarán. No es ninguna soberbia, es simplemente la constatación de que en nuestras canciones se decantó la verdad de una época, que fue la época que nos tocó vivir. Y te aseguro que los primeros asombrados de este hecho somos nosotros mismos.

Hace poco falleció Sergio Ortega, un compositor que logró demostrar que la música docta y lo popular pueden complementarse en perfecta armonía ¿Piensa que es ése el gran legado de Ortega?

El gran legado de Sergio es su música. Creo que su obra es tan amplia que en ella encontramos eso a lo que tú te refieres, pero muchas otras cosas más. Hay una búsqueda de sonoridades nuevas, hay un intento de acercarse a las raíces de la identidad de América Latina, hay un intento de reactualizar la música dramática, y hay, por supuesto, una constante búsqueda de belleza y perfección. Hay también un legado que nos dejó a los que fuimos sus amigos, su simpatía, su pasión, su inolvidable chifladura, su empecinamiento por ser leal a su arte y a su pueblo, su amor a Chile. Creo que perdimos a un gran músico y a un gran ser humano.

Acaba de ser reeditado su libro "Quilapayún: la revolución y las estrellas" (Ril Editores), en él, además de contar la historia del grupo y los años de exilio, también se encuentra una autocrítica a una izquierda y un proyecto que se desmoronó tras la caída de los muros. ¿Qué conservaría de aquel proyecto? ¿Cuáles serían hoy esa "revolución y esas estrellas"?

Lo que me interesa a mí, personalmente, pero que no me atrevería a plantearlo como un programa de vida para otros, es la idea de que en la creación artística y en el pensamiento está la verdadera y única revolución que yo sería capaz de hacer. Creo firmemente en el poder del pensamiento, hasta el punto de que estoy seguro de que un pensamiento, cuando es verdadero y profundo, ni siquiera necesita abrirse paso hacia una realización. El pensamiento mismo es una realización, no requiere de una práctica que lo ubique en el mundo. El pensamiento y las creaciones artísticas son como las rosas de un rosal, en ellas termina el asunto, son ellas la finalidad del proceso. No concibo la vida humana sino con esta finalidad y su complemento que es el amor. Todo lo demás es un medio. La economía o la política no tendrían ningún sentido si no existieran la cultura y el amor. Lo más humano de la vida humana, eso donde el hombre verdaderamente se siente realizado, es la creación, la imaginación, el uso de la inteligencia y el amor. Eso es lo que aprendí en todos los años en que anduve detrás de la revolución social. Las tres etapas de mi vida son: la primera, las estrellas al servicio de la revolución, la segunda, la revolución al servicio de las estrellas y la tercera, a la vez, la revolución que hay en las estrellas y las estrellas que hay en la revolución.

¿Qué piensa de las autocríticas autoflagelantes que algunos ex-dirigentes de la Unidad Popular han expresado públicamente?

Si te refieres a opiniones como las de Guastavino, publicadas hace algunas semanas en El Mercurio, te diré francamente que me molestan profundamente. Creo que es muy importante saber cómo se asume el pasado. No se trata de renegar de lo que uno ha sido, haciendo "meas culpas" que en definitiva se vuelven en contra de los que las emiten (los deslegitima como personas), ni de adoptar una actitud insensible a toda autocrítica, pretendiendo salvarlo todo, como si los grandes descalabros históricos que hemos vivido fuesen únicamente culpa de nuestros enemigos. Creo que hay un justo medio entre estos dos excesos. Debemos asumir nuestros errores salvando los grandes ideales y los grandes principios que nos guiaron en el pasado. Los hombres siempre están equivocados. Subrayo la palabra "siempre" porque también ahora de seguro que estamos equivocados. No lo vemos, pero de seguro que los que vengan después lo verán. Por eso, es absurdo juzgar una época histórica desde otra. Siempre estamos viendo las cosas de manera unilateral, como nos las muestran la verdad de la que somos por un momento parte y el error propio de la época a la que pertenecemos. Hoy día nos damos cuenta que en el pasado cometimos errores, pero no hemos aprendido nada si pensamos que por fin ahora somos dueños de la verdad definitiva. La verdad es un terreno móvil. Lo que fue verdad ayer, ya no lo es hoy día, y así le ocurrirá a cada época histórica. También a la actual. Por eso, es importante reconocer tanto el error como la verdad de las épocas pasadas, aprender a verlas desde lo que se propusieron hacer ellas mismas y desde lo que eran capaces de ver en ese momento, y eso, hacerlo desde una perspectiva serena, respetuosa y cautelosa, sin soberbia. Hay que tener padre y madre, y abuelos y abuelas, y tener raíces bien afincadas en la propia historia. No creo en los que pretenden andar volando o en los que reniegan del pasado. La luz definitiva no es posible, vivimos en una mezcla de luz y oscuridad.

En la conmemoración de estos 30 años del golpe se resaltó sin vergüenza, por parte del gobierno, la figura de Salvador Allende ¿Qué opina de esto? Se lo pregunto en el sentido que desde que asumió la Concertación se solía nombrar en voz baja al ex-presidente.

Me parece un acto de justicia y una acción que habla bien de este gobierno. Durante demasiado tiempo los políticos de la Concertación habían estado volviéndole la espalda al pasado. Allende era un mal negocio para ellos, era el recuerdo de una experiencia fracasada y un nombre que abría brechas entre la Democracia Cristiana y los demás partidos de la coalición. No se supo abordar este tema desde los principios y como en otros asuntos (los derechos humanos por ejemplo) se intentó llegar a una solución que era más una di-solución que una verdadera solución. Creo que hay que reivindicar la figura de Allende sin sectarismos ni politicismos exagerados. Allende es un mártir de la democracia y en cuanto tal es una figura que debiera ser reivindicada por todos los demócratas chilenos. Así ocurre en el extranjero, en Francia, en Italia o en España, por ejemplo. A nadie se le ocurre intentar reinstalar en Chile el proyecto político de Allende, sus medidas de gobierno, sus propuestas. Eso ya pasó, quedó como un intento lleno de buenas intenciones, pero imposible de realizar. En cambio, lo que nadie puede negar es que Allende se jugó la vida por defender la democracia y el estado de derecho frente la dictadura. Eso es lo esencial, y eso es lo que la historia rescatará de su ejemplo. En lo personal, hacerle justicia me parece importante, porque guardo un recuerdo muy afectuoso de su persona y siento mucha simpatía por este "Compañero Presidente" que supo acercarse al pueblo sin poner en riesgo la dignidad de su cargo. Creo que fue un verdadero compañero y un honorable Presidente.

A 30 años del golpe ya nadie desconoce los atropellos a los Derechos Humanos. En su opinión ¿Por dónde pasa la reconciliación nacional? ¿Cree que habrá alguna vez verdad y justicia real?

Creo que la reconciliación nacional pasa por el consenso explícitamente formulado y respetado por todos, de ciertos principios básicos que debieran constituir el alma de Chile. En mi opinión estos principios son la democracia, el respeto a los derechos humanos, la solidaridad, la libertad de opinión y de creencia, la libertad de creación, el reconocimiento del derecho de las minorías, la independencia de los poderes del Estado. Estos principios se han ido abriendo paso en nuestras instituciones, pero lamentablemente todavía algunas de ellas no son enteramente consecuentes con ellos. Por ejemplo, las Fuerzas Armadas, que dicen estar de acuerdo con el reconocimiento de los derechos humanos, pero siguen reconociendo en Pinochet a uno de sus grandes líderes y siguen siendo un factor de encubrimiento de los crímenes cometidos por la dictadura militar. ¡En qué quedamos! Lo mismo ocurre con buena parte de la derecha, que se dice democrática, pero que sigue defendiendo a Pinochet y a su dictadura. Mientras no se asuman resueltamente estos principios con todas las consecuencias que de ello deriva, no creo que pueda haber ninguna reconciliación definitiva.

Usted es profesor ¿Qué papel le asigna a la educación en el proceso de reconstrucción de una sociedad quebrada por los atropellos a los Derechos Humanos y las omisiones históricas? Se lo pregunto pensando, por ejemplo, que si todos los chilenos hubiesen conocido de las barbaridades cometidos tras la batalla de Placilla en la Guerra Civil de 1891, por las fuerzas vencedoras, habría existido quizá una fuerte conciencia colectiva de no respaldar ni aceptar jamás enfrentamientos fraticidas.

No soy tan optimista. Las sociedades más cultas y educadas han sido capaces de los peores crímenes en contra de la humanidad. Alemania era un ejemplo de cultura y de educación antes del desastre nazi y eso no fue obstáculo para que ocurrieran las peores cosas en ese país. La historia se mueve por mecanismos más complicados que la simple ecuación "a mayor educación, mayor respeto a los derechos humanos". Esta confianza en los poderes de la educación ya no la defendería ningún filósofo serio. Y sobretodo observando lo que es la educación en la actualidad: un proceso de adiestramiento técnico para insertar a los ciudadanos en el mercado del trabajo. La educación ha perdido la dignidad que ha tenido en otras épocas. Probablemente, si comparamos la "paideia" griega, basada en la idea de formación ética del individuo, con la educación actual, en la que predominan las ideas de eficacia social, observaríamos que ambas son exactamente opuestas. Creo que el respeto a los derechos humanos nace en una sociedad que se propone metas más altas que el mero desarrollo económico o la baja de los índices de cesantía. Cuando no hay un proyecto histórico compartido que incluya dentro de sus exigencias el respeto a los derechos humanos, es muy difícil que este respeto verdaderamente pueda lograrse.

Ahora, respecto a la posibilidad de que la Izquierda chilena –la extraparlamentaria incluida- pueda volver a ser una opción real de gobierno ¿Cuál es su visión?

En primer lugar tendríamos que definir lo que tú llamas "izquierda chilena". Creo que estamos en medio de un proceso de redefinición de las fuerzas políticas y lo que vaya a considerarse en el futuro próximo "izquierda" o "derecha" está por verse. Si considero dentro de la situación actual la "izquierda" como la suma del PS, el PC y otros grupos extraparlamentarios, no creo que estas fuerzas vayan a constituirse en una alternativa de gobierno, porque no creo que ellas puedan llegar a ser una fuerza mayoritaria dentro del país. Los famosos tres tercios de la repartición de las fuerzas políticas en Chile siguen sin modificación ninguna, de modo que las mayorías sólo pueden constituirse hacia el centro. El mismo problema lo tiene la izquierda y la derecha, por eso todo depende de las alianzas que se hagan hacia el centro. Si Lavín se ha transformado en una alternativa es simplemente a título personal, no es la derecha la que ha aumentado su influencia hacia el centro, sino únicamente su persona. Por consiguiente, si sale elegido, deberá conversar con el centro político (la DC). Lamentablemente en la izquierda no hay ningún líder que juegue este mismo rol. De modo que la izquierda solo tiene futuro en la medida en que logre alianzas con la DC.

En lo personal ¿Qué le queda de su militancia comunista?

Un lejano recuerdo hecho de cosas muy buenas y de otras muy malas. La verdad es que un filósofo nunca debiera militar en un partido. Para mí, eso fue un error y una falta de rigor conmigo mismo y con mi vocación. El filósofo es el que mira desde sí mismo y no puede hipotecar jamás su libertad de espíritu. Ser filósofo es no tener ni religión ni partido. Me duele no haber sido lo suficientemente decidido en mi lucha en contra del estalinismo. Pero en lo personal, guardo un profundo respeto por el espíritu altamente ético de muchos comunistas de esa época. Siento además una profunda pena por todos los que fueron mis compañeros y que fueron asesinados. Sé que fueron personas generosas y valientes, que entregaron su vida por una causa que creyeron justa y válida. No creo en las redenciones históricas, de modo que "Compañero X, presente" no es ningún tipo de consuelo para mí. La muerte es irredimible. La pérdida de amigos como Víctor Jara o Litré Quiroga me parece un hecho absolutamente irreparable.

En cuanto a América Latina ¿Cree que aún podemos llegar a ser la Patria Grande o es sólo un sueño?

Me parece que es un sueño. En realidad somos países tremendamente egoístas y sin gran conciencia de lo que nos es común. Imagínate que todavía ni siquiera hemos sido capaces de encontrar una solución para que Bolivia tenga una salida al mar y hace solamente algunos años estábamos a punto de tener una guerra con Argentina por problemas limítrofes. Es verdad que hay un discurso unitario, pero no es más que un discurso. Creo sí que existen unidades culturales que responden a realidades, por ejemplo entre Chile, Argentina y Uruguay, lo que yo llamo Trasandinia. Pero no sé hasta qué punto estas unidades podrán dar lugar alguna vez a fenómenos políticos y económicos más consistentes. Por el momento, la corriente latinoamericanista que vivimos en los sesenta parece haberse invertido y diría que en este momento hemos vuelto a una afirmación muy fuerte de los localismos. Ya sabemos muy poco de lo que pasa en México o en Ecuador, y lo mismo les ocurre a ellos con nosotros. Pero quizás todo este problema va a comenzar a aparecer de otro modo. A lo mejor lo que trae Internet y otros fenómenos actuales es el término de los países tal como hoy día los entendemos. Y en ese caso nuestro problema es más bien otro, el de qué sentido darle a nuestra chilenidad dentro de un proceso que se hace cada día más global. Quizás el futuro no es ni Chile, ni América Latina, sino el planeta, el Estado planetario.

Pasando a otro tema. Usted ha publicado libros sobre diversos temas. Hay dos que me llaman la atención: el "Libro de las respuestas al libro de las preguntas de Pablo Neruda" y "Palabra de hombre: tractatus philosophiae chilensis". En síntesis ¿Qué nos puede decir de ellos?

El primero es un diálogo poético con Neruda, un diálogo que podríamos haber tenido pero que nunca tuvimos. Creo que todos podemos dialogar de ese modo con él, respondiendo las preguntas que él mismo nos dejó. El segundo es un libro de filosofía y es difícil decir algo serio brevemente. Por el momento estos libros filosóficos míos son bastante discretos y me agrada que sigan siendo así. La filosofía es solo para los que decidan ponerse en juego ellos mismos, para los individuos que quieran ver algo por sí mismos, para los que aman el ejercicio del pensamiento. Este libro está escrito a partir de temas que la vida me fue poniendo delante. Es un escrito contra la soberbia, ese es su contenido profundo.

Dos nombres muy cercanos a usted: Víctor Jara y Roberto Matta.

Si, dos amigos inolvidables, tan alejados el uno del otro como pueda pensarse. A Víctor me acercó el Quilapayún, el amor por la música, el deseo común de comprometernos con el proceso de la Unidad Popular. A Matta me acercó un espíritu común, una hermandad de alma que permitía que ambos escucháramos al unísono la voz de lo invisible. Víctor se transformó en un mártir, se alejó de mí: no lo reconozco en las banderas, ni en las consignas ni en los himnos. A Matta lo llevo dentro de mí, como una lucecita que no deja de brillar en el fondo de mi corazón.

ALEJANDRO LAVQUEN