LA SERVIDUMBRE EN EL SIGLO XXI

Entrevista al profesor Patricio Frías

 

Por Alejandro Lavquén

Publicada en revista Punto Final/ Mayo 12 de 2017

 

El Trabajo ¿Servidumbre o Realización? (Ediciones Radio Universidad de Chile, 372 pág.). Estudio del sociólogo y profesor Patricio Frías Fernández, master de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y doctor de la Universidad Católica de Lovaina-La Nueva. El autor es especialista en historia del movimiento sindical chileno y participó en el estudio de las empresas del Área de Propiedad Social, en especial en los cordones industriales durante el gobierno de la Unidad Popular. También trabajó en el Programa de Economía del Trabajo (PET). En este volumen “profundiza en las diversas vinculaciones que se establecen entre trabajo, economía y política, detectando las condiciones que deben darse para que se genere entre ellos una mutua sinergia, en la perspectiva de discernir los elementos mejor conducentes para una articulación de intereses entre trabajadores, empresarios y gobernantes, que refunde finalmente en la satisfacción de los intereses y aspiraciones de la ciudadanía”. Sobre el tema su autor conversó con PF.  

 

¿Cuándo el trabajo es servidumbre y cuándo realización?

         Desde la época moderna, en la Ilustración del S. XVIII, se entiende que el trabajo es realización, mediante esta labor, el hombre se crea a sí mismo y se perfecciona como tal. Este aspecto realizador del trabajo se daba particularmente en la Edad Media, en los Gremios o Corporaciones, donde se unen en el artesano, la capacidad de concebir una obra, y de ejecutarla, sin separación entre el homo faber y el homo sapiens. Con el desarrollo del mercantilismo, y luego con la industrialización creciente, comenzaron a primar los estilos tayloristas, que concentran la concepción, en el  ámbito de la gerencia, y la ejecución queda destinada a los trabajadores, quienes deben realizar tareas mecánicas, repetitivas, agotadoras, transformando el trabajo en servidumbre.     

         Dada la insuperable contradicción entre capital y trabajo, existe y existirá igualmente, una fuerte contraposición entre los intereses de los empresarios y los trabajadores. Testimonio de ello es la primacía en nuestras empresas, de los estilos autoritarios, que tienden a maximizar la ganancia y el lucro, sin preocuparse por el aporte de los trabajadores. No obstante, podemos constatar en ciertas empresas modernas y competitivas, que lamentablemente constituyen una excepción, los esfuerzos para hacer primar la valoración del trabajador, de su aporte, experiencia e iniciativa, participando en la empresa, que tiende a ser considerada como una comunidad de trabajo.

         En este contexto, si bien reconociendo la imposibilidad, en los actuales sistemas en que predomina el capital, de un trabajo plenamente realizador, los estilos de gestión, basados en un management participativo, contribuyen en esta línea. Estos estilos propician que  el trabajador se sienta miembro de la organización que constituye la empresa, que entre el trabajador y la empresa exista un intercambio integrador, no sólo fundado en el salario, sino en la pertenencia, que en ella se favorezca el involucramiento, la implicación, que considere la empresa como obra común, buscando que el trabajador se motive y se identifique con la empresa.

         Estas opciones, sin embargo, deben quedar verificadas, por una participación más equitativa en los frutos del trabajo, con remuneraciones justas, que le permitan vivir en buenas condiciones, con aumentos salariales, con promociones, con posibilidades de irse perfeccionando en su vida laboral y familiar.

 

Si bien existen valoraciones comunes entre empresarios y trabajadores, existe diferencia en la repartición del producto del trabajo ¿Cómo se supera esa diferencia?

Primeramente, implementar los nuevos estilos de gestión participativa que propician la implicancia y el trabajo conjunto. Ello supone y exige una administración no sólo regida por la racionalidad instrumental de fines a medios, sino por una racionalidad comunicativa. Se trata de una cultura de la empresa que promueva el diálogo, y particularmente la reciprocidad, enfatizando la flexibilidad de las normas, la armonía social, la cooperación por sobre el conflicto.

Como sabemos, la repartición del producto en la empresa se logra principalmente mediante la negociación colectiva. Lamentablemente, en la negociación tradicional, muy generalizada en nuestra realidad nacional, tienden a primar las estrategias de ganar-perder, primando muchas veces las posiciones por sobre los intereses comunes. De allí que para superar las diferencias propias y legítimas respecto a la repartición del producto del trabajo, sea necesario implementar un proceso de negociación moderno y tecnificado.

Esta exige, una constante percepción de las necesidades y demandas de los trabajadores, en general y en sus distintas secciones. Exige una preparación constante, y no dejarla para el final. Es también necesario, que el sindicato conozca la realidad económica de la empresa, del país y del sector; sus fortalezas, así como sus amenazas y debilidades, sus planes de desarrollo, etc. Así, como el empresario debe conocer la realidad del trabajador, sus aspiraciones y necesidades, así como de las dificultades que debe superar, y sus aportes. Pero además, y muy especialmente, el proceso de negociación colectiva no debe estar reducido a las cúpulas, sino que debe ser un proceso con participación de las bases, con asambleas, comisiones de trabajo, grupos de discusión, realización de encuestas, medios de difusión, etc. Pero muy especialmente, que se privilegien los intereses comunes y compartidos, y las estrategias de ganar-ganar.

 

EL ESTADO COMO FACTOR DE UNIDAD

 

La ciudadanía aspira a poder vivir dignamente de su trabajo, que les alcance sin verse apremiados a fin de mes, para alimentación, vivienda, salud, locomoción, educación, etc. Bajo la actual relación entre trabajo, economía y política esto se percibe imposible, y parece más fácil que resucite un muerto a qué esto cambie…

Estimo que para ello es necesario que el Estado y el Gobierno de turno, sin dedicarse en forma prioritaria a superar las disfuncionalidades del sistema económico, debe maximizar su labor de factor de unidad y de articulador de estas contradicciones, no favoreciendo los intereses de un determinado grupo o fracción social, sino compatibilizando los intereses de los diversos sectores que lo integran.

         Igualmente, surgiendo desde la misma empresa, es imprescindible poder implementar una economía moderna y participativa, que no se centre exclusivamente en propiciar solo la productividad y la competitividad, ni estar basada prioritariamente en el lucro y la ganancia, sino asumiendo estilos de gestión modernos y cooperativos.

         El camino más indicado para que la población pueda vivir dignamente, es ir propiciando y favoreciendo un creciente proceso de participación ciudadana, entendida como base y fuente de legitimidad de la política y del Estado. Ello permitiría que se aproveche todo aquel conjunto de normas, estatutos y propuestas de participación ciudadana, establecidas en los últimos gobiernos, desde el gobierno de Lagos hasta el actual. Todos estos mecanismos propician la participación y el control de la ciudadanía, tanto en la gestación y definición de las políticas públicas, como en sus planeamientos, diseño, ejecución y evaluación, así como el control ciudadano frente a las políticas de los diversos ministerios e instituciones del Estado. Esta participación, permitiría además, y no menos necesariamente, ligar la política a la ciudadanía, a sus aspiraciones y necesidades, a sus aportes y potencialidades.

 

REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN

 

¿Cree posible cambiar la actual ley laboral?

         En mi opinión, la única forma de cambiar la actual ley laboral, pasa por una reforma a la Constitución. Ello, principalmente debido a las negativas y penosas consecuencias del fallo del Tribunal Constitucional que eliminó la titularidad sindical. Al haberse eliminado la titularidad sindical se cometió el garrafal error de equiparar sindicato y grupo negociador.

         Este fallo desconoce que la labor del dirigente sindical es una labor difícil, que implica generalmente dejar de lado los intereses personales de promoción, mejores salarios, etc., para dedicarse al servicio de los intereses de las bases. Eso implica, una vocación de servicio, que debe enfrentar las represalias de los patrones, las diferentes prácticas antisindicales, denuncias, campañas contra la organización sindical, amenazas, etc. A ello se agrega el trabajo de canalizar y agregar las demandas del conjunto de trabajadores, y poder procesarlas frente a la empresa, Inspecciones del Trabajo, Servicios del Estado, etc. Sin desconocer, además, su importante rol de actor de reconstrucción democrática.

         En cambio el grupo negociador, es una organización transitoria, con una reducida función, que sólo se organiza frente a los procesos puntuales de negociación colectiva. Que no tiene trayectoria ni relevancia histórica ni política, que no juega ningún rol de interlocutor con los restantes actores sociales, etc.

         Para cambiar la Constitución y la actual ley laboral, es imprescindible además, ir consolidando la interacción y coordinación de las organizaciones de los trabajadores, con el conjunto de las organizaciones de la sociedad civil, con los nuevos movimientos sociales, estudiantiles, ambientalistas, ecologistas, vecinales, etc. Con ello se iría fortaleciendo la capacidad de las organizaciones de la sociedad civil para incidir con fuerza en las transformaciones de la legislación laboral, así como de las diversas transformaciones necesarias para ir mejorando la calidad de los Servicios del Estado, y en general de nuestra democracia.