TATI ALLENDE SALE DEL OLVIDO

(Entrevista a Marco Álvarez, autor del libro

Tati Allende. Una revolucionaria olvidada)

 

Por Alejandro Lavquén

Publicada en revista Punto Final nº 887/ octubre 27 de 2017

 

Marco Álvarez (Santiago, 1985), es autor del libro Tati Allende. Una revolucionaria olvidada (Pehuén Editores). Obra que rememora la vida y legado de la hija más cercana a Salvador Allende en ideas y compromiso. El autor de esta biografía es director del Área de Archivo y Memoria de la Fundación Miguel Enríquez. Estudió derecho en la Universidad Arcis. Dirige un grupo de investigación sobre las izquierdas, movimientos sociales y procesos políticos en el Chile del siglo XX. Además, es coordinador general de las Escuelas Libres de Chile, proyecto de educación alternativa a nivel nacional que trabaja con la infancia popular. En su trabajo como historiador, educador popular y activista, ha participado en diversos seminarios, foros y charlas en América Latina y Europa. Es autor, entre otros libros, de La ruta rebelde. Historia de la izquierda Revolucionaria (Editorial Escaparate, 2014).

 

¿Cómo nace la idea de hacer un libro sobre Tati Allende?

Lo que me convocó a inmiscuirme en la reconstrucción de su historia, de su vida, fue el desconocimiento absoluto que existe entre las nuevas generaciones sobre su trayectoria. Siendo una mujer nueva, dentro de su época, protagonista de la historia reciente, me llamó la atención su confinamiento a las cloacas del tiempo enterrado. No podía dejar de pensar el porqué de su triste olvido.

A todos aquellos que revisamos las representaciones de las convulsionadas décadas de los sesenta y setenta chilenos una y otra vez, Beatriz Allende, se nos vuelve a presentar con la porfía que tiene la verdad de poner las cosas en su lugar. A contracorriente, su semblanza siempre se nos vuelve a presentar de forma parcelada por los riachuelos de la literatura política. A veces, bajo las leyes de la compartimentación insurreccional, envestida de guerrillera internacionalista, de nombre Marcela, militando en la retaguardia de la gesta continental del Che Guevara y sus legatarios en las montañas bolivianas. En otras, se nos aparecía en múltiples ocasiones en La Habana, conversando con Fidel Castro, la jefatura revolucionaria y, sobre todo, con los responsables de apoyar y propagar los proyectos insurrectos, donde hubiesen condenados de la tierra, que se alzasen contra el imperio y sus yanaconas. En ocasiones, regresaba la secretaria privada del compañero presidente en La Moneda, siendo su más leal colaboradora e instigadora revolucionaria en los mil días chilenos que estremecieron al mundo. De vez en cuando, reaparecía articulando la solidaridad internacional y la esquiva unidad de las izquierdas en la larga noche dictatorial del exilio. Muchas más veces retornaba como Tati, apodo cariñoso que la acompañó desde pequeña, entre los recuerdos autobiográficos de algunos familiares, amigos y compañeros.

Sin embargo, siempre Tati aparece de forma secundaria y con un manto de reserva, como si su historia estuviera condenada al silencio. Percatándome de que el 11 de octubre se cumplirían 40 desde que partió, decidí aportar desde mi oficio, escribiendo este libro como combate contra el olvido, para recuperar su apasionante vida y vigente legado político.

 

Se dice que su memoria ha sido invisibilizada por su familia. En concreto por sus hermanas. ¿Qué hay de eso, cuáles serían los motivos?

Cuando el silencio prima, se dicen muchas cosas. Tuve la oportunidad de entrevistar a sus dos hermanas: Carmen Paz e Isabel. Lo primero que puedo dar fe, es que en las horas de entrevista que realicé con Carmen Paz Allende, a ella le costó mucho mantener quieto el llanto al recordar a Tati. Marcia Tambutti, en su documental “Allende, mi abuelo Allende”, graficó muy bien los silencios de la familia Allende para con Salvador y Tati, las que evidentemente oscilan entre las penas de la tragedia del 11 de septiembre de 1973 y los secretos familiares que no quieren recordar. Ahora, la familia tiene responsabilidad en que a Tati no se le reconociera públicamente su aporte en nuestra historia reciente. Si todos somos responsables, a ellos les cabe la suya. 

Sin embargo, hay tres cuestiones más que me parece fundamental poder destacar para entender el olvido de Tati. La historia la escriben los vencedores, que son hombres. Fue bastante peculiar que la mayoría de los entrevistados en esta investigación, todos con un profundo cariño por Tati, repitieran automáticamente la siguiente frase: “Beatriz era el hijo hombre de Salvador Allende”, como si las cualidades de ser revolucionaria fueran del exclusivo campo de lo masculino. Ser mujer y revolucionaria, aportó en su invisibilidad. Asimismo, su forma de morir. El suicidio es un tabú en occidente, con sus sociedades católicas. Peor aún, es la visión que tuvieron las organizaciones revolucionarias frente al suicidio de alguno de los suyos, que los condenaron a la eternidad del silencio. Esa forma de desprenderse de la vida no era tolerada por las direcciones revolucionarias.  

Por último, nos encontramos con la voluntad política de no querer recuperar a Tati del silencio. Una de las cosas que más me marcó en el trascurso del libro fueron las palabras de despedida que le dejó Tencha en su funeral, donde dijo algo así como: “Más temprano que tarde regresarán a la patria y se abrirán las grandes alamedas donde al fin el pueblo reconocerá tu aporte Tati, y podrás descansar junto a tu padre”. El cuerpo de Tati volvió en el año 1992 y no pasó aquello. Se hizo una pequeña ceremonia religiosa, no siendo Tati creyente, y luego se fue al mausoleo de la familia Allende. Me impactó porque en ese momento, y lo siguen siendo, sus compañeros de partidos, por los que hubiese dado la vida, controlaban el timón del Estado. Me dio rabia. Por tanto, existe una voluntad política de invisibilizar a Tati. “Sabes por qué”, me dijo un cubano un día, “porque representa la dimensión revolucionaria de Salvador Allende”. Creo que es eso. Su legado incomoda en medio de la fiesta neoliberal.

 

¿Pudiste conversar con sus hijos, Maya y Alejandro?

Con los dos. Si bien Alejandro vive en Auckland, desde el principio fue uno de los principales motivadores que este libro llegara a existir. Siempre hablamos gracias a las facilidades del internet. Es un tremendo tipo, que siempre se encuentra recordando a su madre de una u otra forma. Con Maya no tuve la misma intensidad. Luego de mucho buscarla y sus complicaciones de agenda política, nos reunimos en su despacho del Congreso Nacional. Me llama la atención la sobria relación, que puede ser meramente externa, que tiene ella con Tati. Sin embargo, los hijos tienen el derecho de relacionarse con la memoria de su madre como lo consideren pertinente. 

 

¿Cuál era la relación con su padre, cómo se manifestaba?

Creo que en el último tiempo fue mucho mejor, sobre todo Maya con Luis. Pero más detalles de eso no sé, pues el libro de Tati se termina en octubre de 1977, en la fecha que la enterraron en el Panteón de las Fuerzas Revolucionarias de Cuba, donde cientos de personas salieron a despedirse de ella. La gente en Cuba la quiere mucho. Recién vengo llegando de La Habana, donde se presentó por primera vez el libro, y mucha gente se me acercaba para contarme alguna historia con ella.

 

Tati estaba en La Moneda el 11 de septiembre de 1973.

Hay un capítulo del libro dedicado al 11 de septiembre en La Moneda. Lo que te puedo adelantar, es que Tati rompió los cercos policiales para llegar a La Moneda con pistola en mano, se negó hasta el final a salir, pero finalmente cedió frente las órdenes de su padre, y cuando cruzó el umbral de Morande 80 nunca más fue la misma. Con siete meses de embarazo ella consideraba que su deber era combatir hasta vencer o morir junto a Salvador Allende.

 

Tati Allende fue militante de las juventudes socialistas, pero mantuvo una gran cercanía con el MIR ¿Cómo fue ese proceso? 

El libro reconstruye la relación de Tati con los principales dirigentes del MIR. Fue muy amiga de Miguel Enríquez, a quien conoce en 1961 en la Universidad de Concepción. Ella estudiaba su segundo año de medicina, mientras que Miguel recién ingresaba. Al calor de las movilizaciones de solidaridad por la invasión a Playa Girón financiada por los norteamericanos, forjaron un cariño que el texto evoca hasta el término de la vida de ambos. Como siempre fue media allendista y medio guevarista, medio chilena y medio cubana, también fue medio socialista y medio mirista. Era especial. Nadie nunca hubiese sido capaz de cuestionarse esa naturalidad con la que caminaba entre las aguas de la reforma y la revolución. Además, debe sumarse que en el MIR estaba su primo regalón, Andrés Pascal Allende. La pregunta debería ser ¿Por qué no fue militante formal del MIR? Eso lo responde el libro.

 

¿Cuál fue su relación con la guerrilla latinoamericana?

La relación de Tati con la caminata insurreccional latinoamericana se dio desde muy temprano. En su primer año de Universidad, 1960, viajó por varios países de la América de abajo, teniendo la oportunidad de conocer a los principales exponentes de lo que a la postre se conocerá como la “Nueva Izquierda Revolucionaria” o “Nueva Izquierda Latinoamericana”. Incorporó la categoría política del internacionalismo revolucionario rápidamente a su repertorio teórico práctico, siendo uno de los más relevante en toda su vida militante. Por eso, no dudó en asumir la convocatoria de construir la sección chilena del Ejército de Liberación Nacional, como estructura de retaguardia de la guerrilla del Che en Bolivia. En los mil días de la Unidad Popular, desde la Secretaría Privada de la Presidencia, su calidad internacionalista se puso al servicio de todos los movimientos revolucionarios del continente, quienes veían en Chile una plataforma de resguardo frente a las represiones que se comenzaban a gatillar en sus países. Quizás la historia que mejor retrata la actitud de Tati frente a esta materia fue el día que Mario Roberto Santucho y sus compañeros del PRT de Argentina, decidieron fugarse de una cárcel, secuestrar un avión y dirigirse a Chile. Esto causó una crisis diplomática de gran envergadura entre las cancillerías de Chile y Argentina, colocando a Salvador Allende en una difícil situación. Se cuenta que varios de los ministros de la Unidad Popular le pidieron a Allende que deportara a Argentina a los guerrilleros, sin embargo, las presiones de Beatriz, hicieron eco en el compañero presidente, quien autorizó que se fueran en un avión hacia Cuba.

 

Durante el exilio en Cuba trabajó en el Comité Chileno de Solidaridad Antiimperialista ¿Cuál era su rol?

Su rol en el exilio fue cumplir con el mandato que le dejó Allende de crear una resistencia unificada a la dictadura militar. A los días del golpe se creó el Comité de Solidaridad Antifascista con Chile en La Habana, que fue encabezado por Tati. Su tarea era capitalizar la solidaridad del exilio, para apoyar a los compañeros que se encontraban en el interior de Chile combatiendo contra la tiranía. Las obligaciones que tuvo en el comité fueron enormes, desde la contención a las víctimas que llegaban a Cuba como las campañas de denuncia internacional contra la dictadura.

 

¿Qué visión tenía ella de la lucha contra la dictadura en Chile? ¿Cuál consideraba el camino a seguir? 

Primero, debo decir que Tati nunca tuvo mucha confianza en la vía electoral. En la antesala al triunfo de la Unidad Popular, mantuvo diferencias estratégicas importantes con su padre, Salvador Allende. Sin embargo, obtenido el triunfo, no dudó en convertirse en su mano izquierda en la conducción del gobierno popular. Antes que los cobardes militares traicionaran a Allende, Tati ya insistía que el único camino posible para seguir avanzando en las transformaciones sociales que requería Chile era a través de la defensa armada del pueblo para con su gobierno. El golpe de Estado no hizo otra cosa que venir a acentuar su tesis de que la vía pacífica al socialismo no era posible frente a la contraofensiva de los militares y patrones. Por eso, su principal tarea fue la solidaridad con los compañeros que se encontraban resistiendo en el interior del país. En sus años de exilio, todo su esfuerzo estuvo centrado. Llegó el día donde levantó la mano para retornar a la patria ensangrentada y empuñar las armas para acabar con los esbirros y su dictadura. El secretario general de su partido le dijo que no, pues le argumentó que su figura servía mucho más en el exilio que en Chile. Se lo pidió a Fidel, quien también le dijo que era contraproducente. Esto la afectó muchísimo. Ella estaba convencida que la única manera de volver a caminar por las grandes alamedas era derrotando en combate a los militares.  

 

¿Cuál es el legado político de Tati Allende?

Hay dos cuestiones centrales que Tati encarna mejor que ningún otro revolucionario de épocas pasadas. Primero, esa hermosa capacidad de ser profundamente revolucionaria sin ser sectaria. Uno de las grandes limitaciones que albergan las fuerzas con vocación transformadora de ayer y hoy es el cáncer del sectarismo. Esto a la vez reproduce otro tipo de prácticas nocivas, como los encapsulamientos teóricos, voluntarismos extemporáneos y anacronismos discursivos.

Segundo, la capacidad que tenía de articular a las más amplias identidades de izquierda. Ya lo dijimos, caminaba sin cuestionamientos entres las veredas de la reforma y la revolución. En tiempos donde la izquierda sigue evolucionando al rito de la atomización, la figura de Tati se empina como ejemplo de unidad y articulación. 

 

Sobre su suicidio se barajan varias hipótesis. No haber superado la muerte de su padre en La Moneda, desencanto matrimonial, desencuentro con la Izquierda en el exilio ¿Cuál es tu visión?

Un capítulo del libro llamado “Se cansó una nostalgia” se dedica a poder entender desde distintos ángulos la última decisión de Tati. Analizar las causas del suicidio de una persona no es algo fácil. Asimismo, enunciar las razones en seco, me parece que es seguir reproduciendo la forma como se ha tratado la vida de Tati, con mucho silencio y especulaciones. Por eso, los invito a leer el libro.

 

Entiendo que dejó una carta bastante extensa ¿Se conoce su contenido?

Sí, dejó una carta que hasta el día de hoy se encuentra en los archivos cubanos. Solo tuvo acceso a la carta su hijo Alejandro, quien cuando llegó a la adolescencia solicitó poder leerla. Los cubanos accedieron y, Alejandro, hizo el esfuerzo de recordar los detalles de ella conmigo, los cuales se encuentran en el libro.