Auge y caída

de la Izquierda

(Entrevista a Jorge Arrate)

 

 

Por Alejandro Lavquén

Publicada en revista Punto Final nº 888/ noviembre 10 de 21017

 

Jorge Arrate Mac Niven (76 años) ha sido actor y protagonista de muchos de los procesos políticos ocurridos durante los últimos cincuenta años. Participó en la nacionalización del cobre y fue presidente de Codelco y ministro de Minería en el gobierno del presidente Salvador Allende. En el exilio participó en el proceso de unidad del Patido Socialista, del cual fue presidente. Fue ministro de los presidentes Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Rompió con el PS y en 2009 fue candidato presidencial de la coalición Juntos Podemos Más, encabezada por el Partido Comunista. Su postulación obtuvo el 6,21% de los votos, la cifra más alta alcanzada hasta entonces por la Izquierda posdictadura.

Arrate está escribiendo sus memorias. El primer tomo, editado por LOM, abarca el periodo 1941-1973 y lleva por título Con viento a favor. Del Frente Popular a la Unidad Popular.

 

¿A qué se debe el título “Con viento a favor”?

“El libro es la primera parte de mis memorias, en las que he trenzado recuerdos con la naturaleza de la época que me tocó vivir, en este caso desde el Frente Popular a la Unidad Popular. Es el tiempo de la derrota del fascismo, la extensión del campo socialista, el triunfo de Mao, la revolución cultural de los años sesenta, Cuba y la primera revolución socialista en América Latina, el derrumbe del colonialismo, los avances de los movimientos igualitarios en materia de raza y género, el proyecto allendista. El viento era favorable a la Izquierda”. 

 

¿Qué es lo fundamental que rescata de esa etapa?

“En general, lo ya señalado. En Chile, la consolidación de un movimiento popular unitario y de perspectiva socialista, encabezado por Allende”.

 

En Chile se ha asentado la idea de que todos los políticos fueron culpables del golpe de Estado de 1973. ¿A qué atribuye esto?

“Es una idea absurda alimentada por los aparatos ideológicos que controla la derecha. Pretende ‘empatar’ el intento transformador de la Izquierda y sus eventuales errores, con la acción golpista de la derecha y su secuela de crímenes. En Argentina ocurrió algo parecido con la llamada teoría de ‘los dos demonios’ que buscaba igualar responsabilidades de los militares violadores de derechos humanos con las de la guerrilla”. 

En el exilio comenzó una etapa de renovación del socialismo chileno. ¿Cómo evalúa aquel proceso?

“He elaborado bastante el tema, pero lo fundamental será parte de un segundo libro de memorias que está en desarrollo. Para un análisis de fondo, sintetizar es difícil. Puedo repetir lo que he dicho en columnas y foros: una fase es la renovación original, que no está exenta de errores. Una segunda etapa es la ‘post renovación’, que identifico con la emergencia del PPD y el progresismo light. La tercera es la ‘ultra renovación’, donde el gran dinero se convierte en factor decisivo en la política. Las dos últimas etapas son cursos deformados de la renovación original”.

 

Ha sido desaforado un senador socialista por presuntos delitos tributarios, la esposa de otro parlamentario del PS recibe una pensión millonaria, un alcalde socialista es vinculado al narcotráfico y el PS tiene inversiones en Soquimich y otras empresas de pinochetistas. ¿Como socialista, le duele todo esto? ¿Qué pasó con el PS?

“Sí, la ‘ultra renovación’ del PS me duele, pero no me sorprende. Hace tiempo que las corrientes internas se convirtieron en cooperativas de poder, configuraron sus clientelas y dejaron de lado las discusiones estratégicas. Se perdió fibra ética, respeto por el partido y convicción”.

 

¿La Concertación traicionó su razón de ser, acomodándose al sistema neoliberal?

“La Concertación restableció las libertades básicas y propició el crecimiento económico, aunque nunca cumplió integralmente su programa original. No quiso, no pudo o su acomodo le impidió hacerlo. No se puede generalizar, pero sin duda lo que se impuso fue la autocomplacencia frente al neoliberalismo”.

 

De la antigua Izquierda, hoy el PC está en la Nueva Mayoría (ex Concertación) y otros sectores extraparlamentarios se encuentran muy lejos de la unidad. ¿Cómo ve esta situación?

“La Izquierda histórica está mayoritariamente en la NM y la Izquierda emergente muy fragmentada. Valoro el Frente Amplio porque es un intento aglutinador sincero, aunque su futuro deberá definirse luego de las elecciones. En 2011, después de las grandes movilizaciones estudiantiles y de otros sectores, hubo una extraordinaria oportunidad para configurar una Izquierda de partidos y movimientos, diversificada y convergente. Pero la candidatura de Bachelet atrajo a parte de la Izquierda e hizo imposible levantar con seriedad banderas propias. Habrá que ver cuándo y cómo surge una nueva oportunidad unitaria. Pienso que no tardará mucho”.

 

En las elecciones del 19 de noviembre: ¿tiene candidato? ¿Cuál es su pronóstico?

“Votaré por Beatriz Sánchez para presidenta y Francisco Figueroa para diputado. No está definido quién pasa a segunda vuelta y es difícil pronosticarlo. Dependerá del comportamiento de los ‘votantes dormidos’ que se han abstenido hasta ahora”.

 

¿Qué reflexión tiene sobre la abstención en las últimas elecciones?

“Muestra la debacle del sistema político en cuanto mecanismo que garantice una representación equilibrada de sectores ciudadanos y, en la medida en que no lo hace, evidencia su funcionalidad a los intereses de la derecha. Y nuestra incapacidad de innovar, romper la pasividad y enfrentar la fuerza desbocada del mercado que ha invadido la democracia”.

 

¿Algo de qué arrepentirse, alguna autocrítica sobre su vida política?

“Más de las que quisiera. Pero para eso hay que leer mis memorias…”

 

 

 

La embestida

de los tanques

 

A Augusto Olivares

 

 

Ocurrió el veintinueve de junio. Iba a mi oficina esa mañana pero, al cruzar Pedro de Valdivia, la calle de doble sentido por la que circulábamos hacia el poniente -Rancagua?, ¿Bilbao?- fue invadida por automóviles que en vez de dirigirse hacia el centro, como era habitual a esa hora, venían en dirección contraria. Aquella marejada anormal ocupaba nuestras pistas de desplazamiento. A través de la ventana abierta de un vehículo que venía hacia el oriente, alguien nos gritó: “¡Devuélvanse! ¡Devuélvanse! ¡En el centro se están matando!” Entonces indiqué a Osvaldo que se dirigiera a Tomás Moro. Allí pedí que me abrieran el portón para entrar el auto. El encargado consultó al interior y luego accedió. Había movimiento fuera de la casa, donde la guardia personal con sus armas dispuestas circulaba nerviosa. Entré al amplio salón en que destacaban pinturas de Guayasamín y del cubano René Portocarrero y saludé a Allende. Junto a él estaban José Tohá, ministro de Defensa, el asesor Joan Garcés y dos jefes de partido de la Unidad Popular: Bosco Parra, de la Izquierda Cristiana, con su arma al cinto, una especie de fusil recortado, y Jaime Gazmuri del Mapu Obrero y Campesino. La información era inequívoca: un grupo de tanques había atacado La Moneda. El presidente acababa de hablar con Prats que se disponía a enfrentar el levantamiento. “Váyanse cada uno a sus lugares de trabajo”, ordenó. “Y usted, José, -instruyó a Tohá-, diríjase de inmediato a la base aérea de El Bosque y que se preparen para actuar”.

Partimos hacia el centro, Bosco Parra en su vehículo, Gazmuri y yo en el mío. Formábamos una pequeña caravana, pero en un punto nos perdimos de vista. Las calles alrededor de La Moneda estaban vacías, sólo uno que otro transeúnte circulaba con paso ligero, como si tratara de pasar desapercibido. Jaime se bajó cerca de una calle corta y poco conocida en la que su partido tenía la sede. Nos despedimos sin aspavientos. Seguimos hacia mi oficina y en pleno centro doblamos a la izquierda en dirección a Agustinas. A boca de jarro nos encontramos con un tanque. El chofer frenó con brusquedad, retrocedió de inmediato y logramos enfilar por Morandé hasta las cercanías del ingreso al ascensor de Codelco. Descendí y divisé en la vereda a soldados con brazaletes rojos que se desplazaban y luego se arrojaban al suelo con sus fusiles, prestos para, segundos después, ponerse de pie, correr y volver al piso. La galería que conducía a Codelco estaba sin llave. Cuando entré, algunos funcionarios se retiraban; entendí que sentían temor, los saludé al pasar y seguí camino a mi oficina.

Hacía unos meses habíamos contratado algunos guardias del grupo que custodiaba al presidente -el conocido GAP- para proteger nuestras dependencias cuando ellos no estuviesen de turno en La Moneda. Al llegar los vi en las ventanas de mi oficina observando con sus armas en mano la esquina de Morandé con Agustinas y lo poco que alcanzaba a verse de La Moneda y la Plaza de la Constitución. Me comunicaron un hecho dramático ocurrido hacía poco justo al frente: los militares sublevados habían abatido a un camarógrafo y después habían retirado el cuerpo pero no la cámara. Nuestros guardias la habían ocultado bajo la tapa de la alcantarilla que divisábamos desde la ventana. Horas más tarde, luego de la rendición de los alzados, les indiqué que debíamos recuperarla. Así lo hicieron y la guardaron en la maleta de mi automóvil. Esa tarde, cuando se iniciaba la concentración popular frente a La Moneda, nos internamos contra el tránsito por Morandé hasta el número 80. Entré con dos guardias que llevaban la cámara y se la entregamos a Augusto Olivares, director de Televisión Nacional. No sabía entonces que el camarógrafo se llamaba Leonardo Hinrichsen, que había filmado su propia ejecución y que habíamos rescatado un impresionante testimonio visual de valor histórico.

El acto de masas tuvo una asistencia fervorosa, indignada y triunfante. La plaza desbordaba y Allende se dirigía a la multitud desde un balcón. Un invernal atardecer de junio caía con su sombra y un foco poderoso lo iluminaba. “¡A cerrar, a cerrar, el Congreso Nacional!”, gritaba la plaza. El presidente rindió un homenaje a quienes estaban en La Moneda al momento del asalto y a las Fuerzas Armadas que habían actuado con lealtad y dijo que no cerraría el Congreso, que la vía chilena mantenía su vigencia, que nuestro camino era el democrático. Reiteró algo que ya había mencionado tiempo antes: si era preciso, propondría un plebiscito.

Al día siguiente, en el Estadio Chile, el grandioso Alfredo Zitarrosa cantó su famosa “Chamarrita de los milicos” que en uno de sus versos dice: “Los milicos no son bobos, pero sirven para todo”. Ese día Zitarrosa modificó su texto y agregó: “Salvo los milicos chilenos, que son milicos buenos”. Los asistentes al estadio aplaudimos a rabiar...

El Tancazo produjo cinco muertos y daños físicos a La Moneda y al Ministerio de Defensa. Los efectos políticos serían aún más graves. Allende parecía preverlos. Pocos días después le hice un comentario celebratorio del triunfo que significaba que el mando del ejército hubiese rendido a los alzados. “Sin duda, pero se sometieron a una orden de Prats, comandante en jefe del ejército. Otro gallo nos cantaría si se hubiese producido un intercambio de fuego, ¿no le parece?”, indicó. Pienso que Allende tenía razón. Distinta pudo ser la historia si miembros del ejército se hubieran enfrentado entre sí

 

JORGE ARRATE

(De un capítulo de su libro “Con viento a favor”)