La presente edición reúne poemas publicados entre 1983 y 2013. Los textos pertenecientes a Bitácora extraviada (2011), corresponden a la selección –de una selección- de poemas que fueron publicados en libros y cuadernillos cuyas ediciones, en tirajes limitados, se realizaron entre los años 1983 y 1999. Los textos han sido revisados por el autor y constituyen versiones definitivas. El resto de los poemas antologados pertenecen a los libros Sacros iconoclastas (2004), A buen paso atraviesa la noche (2009) y Fantasmas atrapados en su propio duelo (2013). También se incluyen algunos textos inéditos (2014-2015) y el poema Satángel.

 

Cotidiano

Los hombres despiertan como despiertan cada día. Se levantan,
lavan su rostro y beben café, los que tienen como beber café.
Los hombres empañan los vidrios de los autobuses,
piensan en su paso por la vida, o quizá, en la vida sobre sus pasos.
Los hombres caminan. Los animales caminan,
pero los hombres son hombres y los animales son animales.
Todo es normal:
La artillería de pocos hombres se derrama sobre los corazones
de muchos hombres,
el romanticismo de la luna paga sus pecados al Banco Mundial,
sierras eléctricas extirpan el verde de la tierra.
En Londres, el Big-Ben da la hora.
En Nueva York, la estatua de la libertad sostiene su antorcha de piedra.
La codicia desgarra los estómagos africanos,
el tigre asiático engorda con el sudor engrillado de los rebaños,
voladores de luces, como esperanzas bíblicas, inyectan dosis mortíferas
de apatía y carnaval en las conciencias congeladas.
¡Tengo hambre! reclama un despistado. Una beata se persigna.
Los ríos se asfixian en Latinoamérica, al igual que una canción en la voz
de un tuberculoso.
La suerte rezonga en los hipódromos, la lotería se duerme para despertar
un próximo domingo,
el azar y la miseria, son directamente proporcionales a la cesantía,
razona un intelectual.

 

Alguien llega en la noche…

Alguien llega en la noche
Entra sin golpear y me dice:
Disculpa la tardanza, he muerto y no lo sabía.
Anduve en un país lejano que no reconocen los mapas
ni el idioma de nuestros antepasados.
La lluvia fertilizó mi rostro muchas veces
antes de parir mi lenguaje una razón en lo cotidiano.

Aún era un niño cuando escuché por primera vez
que amor y desengaño son dos alas con opuestos destinos,
que la semilla que brota desde la piel ansiosa de caricias
puede ser lágrima o flor.

Milité junto al arado y a la sublevación de un pueblo
que continúa esperando su plusvalía.
Así fui forjando la dinastía de mis sentimientos en tanto mis ojos
grababan cada página de los libros que me concedió la aurora.

Un día de extramuros me interné por un sendero
que creí conducía al Edén, pero sólo era el sueño del cual me hablaron
mis padres antes de morir soñando que en el mundo había esperanza.
Me estremecí entonces y lloré sobre sus sepulcros sin comprender los signos de la muerte.

Antes de llegar hasta tu habitación pernocté muchas veces en lo árido de un beso,
en la sensación de la soledad enseñando sus fantasmas.
Sólo la foresta y el lenguaje de las raíces lograron que mis razones
escalaran hasta la sonrisa de los valles. Allí encontré al indígena y al campesino
bebiendo del mismo manantial.
Estreché sus manos y me alimenté de la madera y la flor,
de la lluvia y del vocabulario de las montañas lúcidas e inmemoriales.

 

Ovalle el navegado

En memoria de su tripulación

Una bombilla se cimbra sobre la puerta desgastada por la lluvia,
sus colores quedaron atrapados en el oficio de cada noche,
cuando las borracheras exploraban las entrañas de las prostitutas
y el olor de los vagabundos enmudecía las mesas
de la cantina más pendenciera del puerto.
Hoy las ruinosas murallas sólo conservan garabatos indescifrables,
allí le cortaron la garganta al travesti Toledo
y la gorda Clorinda perdió la virginidad a los cuarenta y cinco años
tras enredarse en la sotana del capellán de la marina.
Fueron años de corsarios y naufragios, de besos fugaces y de sombras,
cada tiempo y cada historia golpeó la sangre y los fluidos.
Las razones y sinrazones fornicaban con tristeza en las esquinas,
como queriendo expurgar los pecados de los apóstoles.
Hubo noches de tormenta y risotadas de otros continentes,
amores sacrílegos estrellándose contra el oleaje de la vanidad.
Habitaron sus recodos estibadores y cafiches, marineros de otros mundos,
mecheras de oficio permanente y más de algún poeta ceniciento
que bebía sus nostalgias.
Empleados públicos y otros desahuciados siempre tenían un hombro donde llorar.
Codiciosos jugadores encontraron las estrellas y otros tantos
viajaron de improviso al cerro Panteón, donde el azar es una jugada de Dios.
Setenta años justos navegaron los tripulantes de encendidas guitarras y canciones,
sin principio ni fin a lo largo de flores y cuchillos, de banderas y religiones.

 

Los ojos de los niños palestinos

 (Julio 22/ 2014)

Los niños de la playa de Gaza avizoraban el mar
con sus ojos palestinos, que son luz y asombro
como los ojos de todos los niños del mundo.
Jugaban con las olas, tan lejos y tan cerca de la muerte.
No lo sabían. No lo imaginaban. No cubrían sus rostros.
Eran tan sólo niños, armados como se arman todos los niños:
Con sonrisas y manos, con fiestas y colores. 
Pero del mar no llegaron gaviotas ni serpentinas, sino bombas,
desquiciadas ojivas arrojadas desde la sagrada menorá,
como bolas de fuego del Armagedón.
La oscuridad cubrió los bellos ojos palestinos
de los niños palestinos.
Estallaron las sonrisas y las bellas manos
que alzaban los colores.
Pensé en Sofía y Efraín, en Manuela y Vicente,
y en todos los niños del mundo
que también tienen los ojos palestinos de los niños palestinos.
Los niños de la playa de Gaza ya no juegan
en la playa de Gaza. Las olas y la arena sangran con la sangre
de los ojos de los niños palestinos.
Allí jugaban con las olas y el balón.
Tan lejos y tan cerca de la muerte.
No lo sabían. No lo imaginaban. No ocultaban sus rostros.
Un siglo de silencio por los ojos de los niños palestinos.