NOSOTROS, INFINITOS

Hoy los muertos no me duelen como ayer.
Hace mucho me han dejado
sordo y frío.
Los cadáveres me son tan naturales
como el agua
fluyendo hacia el océano.
Los que ayer soñamos el sol,
avanzamos también como el agua.
Transformarnos en tierra bajo la tierra
es inevitable.
Dispersos para siempre en el infinito.
Sin memoria, con los ojos ausentes
de sus cuencas.
Con los brazos quebrados y sin dolor.
Marchita la piel y el deseo.
Es la muerte sin distinción,
la igualdad bajo la tierra.
La muerte que nunca sabremos
tras esa misma muerte
porque nuestra conciencia
será sólo materia agusanada.
Es la muerte anunciada
antes de nacer,
el ciclo vital y obligatorio para la paz
de nuestros huesos.
Es la muerte, que me besa en el núcleo
de mi Armagedón,
para mañana parirme
en un asteroide desconocido.
Es la muerte, desnuda y hermosa,
mi amiga íntima.
La amante que sobrevivirá
el holocausto de la existencia
mientras las palabras se embarcan
en el torrente de los siglos.

 

JORNADA

Algunos obreros se emborrachan
en los bares que circundan
las riberas del río,
vuelven a su casas como sonámbulos
embriagados de antiguas canciones,
mendigando un boleto
de bus.
Las fábricas se encienden en la hora
que muere antes del primer
mordisco de pan.
Todo es tardío en los estómagos
de los obreros,
todo es plenitud en la caja fuerte
del cabrón que los explota.
El día avanza, y un murmullo de miseria
lapida los intestinos de la ciudad.